Tardé más de lo que debería en entender que emocionarse rápido no es un defecto de fábrica.Tengo una teoría que fui construyendo de a poco, casi sin querer, juntando evidencia en conversaciones y silencios ajenos. La teoría dice esto: que en algún momento se instaló la idea de que si algo te llega fácil, si una canción te parte en dos en los primeros treinta segundos, si llorás con una película que ya viste cuatro veces y sabés de memoria cómo termina, eso dice algo malo de vos. Que sos simple. Que te falta criterio. Que tu emoción no se ganó nada porque no costó suficiente
Yo fui de esas personas durante un tiempo. No mucho, pero suficiente como para recordarlo con algo parecido a la vergüenza.Me acuerdo de estar en un auto, de noche, con una canción que me estaba haciendo algo en el pecho, y bajar el volumen casi sin pensarlo porque no quería que la persona que manejaba me preguntara qué me pasaba. Me acuerdo de agregar el “ay, soy re cursi” al final de cada cosa que me gustaba de verdad, como una cucharada de ironía para que el entusiasmo no quedara tan expuesto. Como si el entusiasmo fuera indecente.
Lo que aprendí con los años, a los golpes y a través de gente que admiro mucho, es que esa cucharada de ironía no protege nada. Solo enfría. Y lo que enfría, con el tiempo, se va poniendo duro.
La gente más interesante que conozco —y lo digo en serio, sin romanticismo barato— es invariablemente la que se emociona sin cobertura. La que dice “esta canción me hace llorar” con la misma naturalidad con la que diría “hoy hace frío”. La que tiene el chat con su mamá prendido aunque la mamá ya no esté. La que llora en los casamientos de personas que no conoce tanto porque algo en el ritual la abre, y eso no le parece raro ni le da pudor.
Esas personas no son ingenuas. Eso es lo que más me costó entender. Son, al contrario, las que tienen la valentía de estar disponibles. Las que no pusieron un vidrio entre ellas y el mundo para no quedar expuestas. Y eso, lejos de hacerlas vulnerables, las hace enteras.
El problema con lo cool —con esa actitud de indiferencia estudiada que nunca del todo se fue de moda— es que confunde la distancia con la inteligencia. Como si el hecho de que algo no te mueva fuera prueba de que lo estás viendo con más claridad. Pero no. La distancia a veces es solo eso: distancia. Y la frialdad, muchas veces, es miedo vestido con ropa cara.
Yo prefiero a los que lloran en el cine aunque sea una película de animación para chicos a los que se cruzan de brazos para demostrar que saben que es ficción. Todos sabemos que es ficción. Eso no es el punto. El punto es si te animás a entrar igual.
Hay una escena que veo repetirse todo el tiempo: alguien comparte algo que le gustó —una serie, una canción, un libro— y antes de terminar la oración ya está aclarando que sabe que es mainstream, que es básico, que tampoco es tan profundo. Como si el goce necesitara una coartada intelectual para ser legítimo.Esa escena me parte el alma. Porque lo que está pasando ahí no es humildad. Es que esa persona aprendió, en algún lado, que su placer tiene que justificarse. Y eso es una pérdida enorme, no solo para ella sino para todos los que la rodean, que se quedan sin ver lo que ella ve cuando algo la emociona de verdad.
Lo cursi tiene mala prensa porque se asocia a lo fácil, y lo fácil se asocia a lo barato, y lo barato a lo que no vale. Pero esa cadena tiene una falla enorme en el medio: asume que la dificultad es el criterio de valor. Y no lo es. Hay una canción de tres acordes que te puede cambiar el día. Hay una postal comprada en un aeropuerto que puede ser lo más importante que alguien te haya dado. El valor de una experiencia no lo mide el esfuerzo que costó. Lo mide lo que deja.
Defender lo cursi no es defender la mediocridad. Es defender el derecho a emocionarse sin pedir permiso. A que el corazón se mueva sin que la cabeza tenga que supervisarlo y aprobar el movimiento antes de que salga. A ser, por un momento, completamente permeables.Sí, lloro con Adele. Lloro con el final de Toy Story 3 aunque ya sé que Woody va a estar bien. Guardo capturas de conversaciones que me hicieron reír hasta las tres de la mañana. Tengo una playlist que se llama “para cuando todo es demasiado” y no me da vergüenza ninguna de esas cosas.
Me llevó un tiempo llegar acá. Más del que me gustaría admitir. Pero llegué. Y lo que encontré del otro lado de la ironía protectora fue, básicamente, más vida. Más de todo. Más presencia en las cosas pequeñas, que son las que al final importan.
No le debo una explicación a nadie. Y tampoco vos.



