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Atardescentes

El cuaderno de Isabel

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DISLATTES

El sobre sigue en mi bolsillo, pero es el cuaderno lo que ahora me ancla. Lo sostengo en mis manos, sentado en el suelo de su apartamento, rodeado del silencio que ella dejó. El escritorio está intacto, los informes perfectamente alineados, pero este cuaderno, con sus tapas gastadas y su olor a papel viejo, es lo único que importa. Es Isabel, desnuda, sin el brillo de su carrera ni la risa que usaba como escudo. Abro la primera página, y su letra, apretada y urgente, me golpea como un latido.

Los poemas no tienen títulos. No los necesitan. Son fragmentos de su alma, escritos en las noches que no dormía, cuando el mundo se le venía encima. Leo el primero, y mi pecho se aprieta.

La amistad es un hilo fino,

un roce que no pide nada.

Es tu risa en el ala B,

el café quemado que sabe a casa.

Pero yo, torpe, lo corto.

Me alejo, huyo, me pierdo.

Y aún así, tú sigues ahí,

cosiendo el hilo,

aunque yo no lo merezca.

 

Cierro los ojos. La imagino escribiendo esto, tal vez después de una de nuestras noches en el hospital, cuando nos sentábamos en el pasillo del ala B, hablando de nada y de todo. Yo, atrapado en mi depresión, ella, temblando por un ataque de ansiedad que no explicaba. Éramos dos náufragos, pero juntos encontrábamos un pedazo de tierra. Su poema no miente: yo no exigía nada, y ella, que siempre huía, se quedaba conmigo. La amistad, dice. Un hilo fino. Y ahora, roto.

Sigo leyendo. Los poemas son breves, como si temiera ocupar demasiado espacio. Pero cada palabra pesa, cava hondo. Hay uno que me detiene, escrito con tinta azul, la pluma temblorosa.

Me miro y no me veo.

Hay un espejo, pero está roto.

El trabajo brilla, la vida brilla,

pero yo soy sombra.

¿Quién soy cuando nadie mira?

Un eco, un intento, un fracaso.

Tú me ves, amigo,

y por un rato, existo.

Pero la sombra vuelve,

y yo me apago.

Las lágrimas caen, silenciosas. Esto es Isabel, la de verdad. No la que firmaba contratos, no la que improvisaba historias. Es la Isabel que cargaba un vacío que no nombraba, la que se rompía en privado. Y yo, su amigo, ¿qué hice? La vi, sí. Vi su risa, su furia, sus ojos que nunca se detenían. Pero no vi la sombra. No quise verla. Ella se apagó, y yo no lo supe.

El cuaderno sigue. Hay poemas sobre la vida, la muerte, el tiempo que se escapa. Pero los que más duelen son los que hablan de nosotros, de la amistad que construimos en el caos. Uno, cerca del final, me corta el aliento.

La amistad no salva,

pero sostiene.

Es tu voz en el micrófono,

diciendo que el mundo aún gira.

Es el ala B,

donde los locos encuentran eco.

No te culpo, amigo.

No podías llenar mi vacío.

Pero gracias por intentarlo,

por ser mi espejo

cuando yo no podía mirarme.

Me tiembla el cuaderno en las manos. La amistad no salva, dice. Y tiene razón. No salvó su vida, no llenó el agujero en su pecho. Pero sí le dio algo: un reflejo, un lugar donde existir. Éramos un desastre, pero juntos éramos más. Y ahora, sin ella, me pregunto qué queda de mí. ¿Quién soy sin su risa, sin su manera de convertir lo ordinario en algo que valía la pena?

El último poema está en la penúltima página. Es más corto, casi un susurro.

La vida es un verso a medio escribir.

La muerte, el punto final.

No llores por mí,

sino por lo que no dije.

Guarda mis palabras,

y escribe las tuyas.

Eso es todo, amigo.

Eso es todo.

 

Cierro el cuaderno. El silencio del apartamento es denso, pero no vacío. Isabel está aquí, en estas páginas, en los poemas que escribió cuando nadie miraba. Son su introspección, su lucha, su manera de buscar sentido. Hablan de la vida como un intento frágil, de la muerte como un descanso que no explica. Pero, sobre todo, hablan de nosotros. De la amistad que no salva, pero que sostiene. De un hilo fino que, aunque cortado, sigue atado a mí.

Pienso en el sobre, en la carta que me llevó hasta aquí. No era solo un adiós. Era una llave, un mapa para encontrar lo que ella quería dejar. No en las grabaciones, no en el estudio, sino en estas palabras. En los poemas que escribió para sí misma, pero también para mí. Para que yo entendiera. Para que no la olvidara.

 

Me levanto. El cuaderno contra mi pecho. No sé cómo seguir, pero sé que lo haré. Porque ella me lo pidió. Porque la amistad, aunque no salve, deja huellas. Y yo llevaré las suyas. En sus poemas, en mi voz, en los versos que escribiré algún día, cuando esté listo. La vida y la muerte son lo mismo, vistas desde distintos lados. Isabel lo sabía. Y ahora, con su cuaderno en mis manos, empiezo a entenderlo.

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