A muchos el café les quita el sueño. A mí me los trae. Ese olor recién hechecito invade cada rincón de mi pequeño apartamento. Me siento a paladearlo, a tocarlo, a acariciarlo cada vez que rueda en mi garganta, cada vez que toca mis entrañas. En mi viejo tocadiscos pongo “El necio” de Silvio Rodríguez
Dirán que pasó de moda la locura
Dirán que la gente es mala y no merece
Más yo seguiré soñando travesuras
(acaso multiplicar panes y peces)
Yo no se lo que es el destino
Caminando fui lo que fui
Yo tampoco sé lo que es el destino. Tal vez por eso escribo: para fingir que al menos entiendo el camino que ya recorrí.En mi sala están mis libros y mis discos y las fotos de todas las personas que yo amo. Un viejo televisor que poco prendo y un tocadiscos que se resiste al paso de los años. Dos cajitas musicales, cuatro velas que a veces prendo en la oscuridad, un florero repleto de agua y de limones que dicen que limpia la energía, una campana de viento japonesa y una dulzaina que me regaló mi hermano Kesha. Esa silla azul es mi pequeño santuario, mi punto de encuentro, mi testigo silencioso. Acá lloro y acá oro. Pienso y medito. Me escarbo. Me rio y me hago fuerte. O me derrumbo. Por la ventana entra un sol que me acaricia.
Llevo días dándole vueltas a una idea. ¿Por qué escribo? ¿Por qué me expongo? ¿Me abro? ¿A quién le interesa? ¿Es la única forma que sé de desahogarme? ¿Quién soy yo sino lo que cuento de mí mismo? ¿Soy eso o tan solo una pequeña partecita? Me caso con ideas y me divorcio de ellas sin pedir permiso. Me lucho. Me existo. Me lluevo. Me anochezco. Me acontezco. Que guerra tan brava esta de que lo que diga se parezca a lo que pienso. A lo que hago. Acúsome yo de no lograrlo muchas veces.
El café se enfría mientras dudo si escribir o callar. Siempre termino bebiéndomelo frío, como las verdades que me cuesta decir. Ensayo respuestas. Escribo porque tal vez necesito un testigo de mi vida. Escribo y digo porque si no lo hago, me pudro por dentro como fruta olvidada en el fondo de una nevera sin luz. Miro a los otros y ya no intento poseerlos. Ya no. Sólo los miro. Solo, los miro. O los toco y entonces ya no estoy solo. Y ya no estoy sólo. Los deconstruyo, los desarmo, los desajusto, los desencajo, los desacoplo, los demenuzo, los acaricio, los palpo, los tiento, los hurgo, para saber y entender la forma en que están hechos para luego amarlos sin remedio o dejarlos ir y desearles que haya viento en su buen viaje, que es otra forma de amarlos sin remedio. Todo es un gran galimatías porque cada certeza mía tiene su propio dilema.
Escribir no quiere decir que yo me sepa. Que yo me entienda. Que yo me halle. Que yo me escuche. Que yo me soporte. Que yo me habite. Que yo me abrace. Que me lean, tampoco, porque generalmente guardo para mí mis pequeñas alegrías y mis risas que solo comparto con las personas que me aman, que son las únicas dispuestas a bucear en mis naufragios. Los demás, apenas chapotean en la orilla y desde ahí me decostruyen, me desarman, me desajustan, me desencajan, me desacoplan, me desmenuzan, me acarician, me palpan, me tientan, me hurgan. Soy la calle de en frente de mi calle de en frente.
Me sirvo otro café. Un insomnio más ya qué más da. Ahora suena “Qué hago ahora”:
“¿Dónde pongo lo hallado? En las calles,
los libros, las noches, los rostros en que te he buscado
¿Dónde pongo lo hallado? En la tierra, en tu nombre, en la
Biblia, en el día que al fin te he encontrado
Yo lo pongo aquí, en estas palabras torcidas que apenas logran parecerse a lo que siento. Escribo para cruzar esa calle de en frente de mi calle de en frente. A veces no llego, pero al menos salgo de la casa. Debe ser lo necio. O el café…











