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Juliana Rodríguez

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El país más educado de su historia femenina convive con 621 feminicidios al año, una brecha laboral que no cede y millones de mujeres que cargan solas con el tiempo que nadie contabiliza.

Hay una Colombia que sale a votar, que lleva a sus hijos al colegio antes del amanecer, que atiende en el puesto de salud y que sostiene más de la mitad de los hogares del país. Es una Colombia de 27,6 millones de personas. El problema es que esa Colombia sigue siendo, en buena medida, invisible.

Las proyecciones del DANE para 2026 confirman que las mujeres son el 51,2% de los 53,9 millones de colombianos. Son mayoría. Y sin embargo, las cifras que las describen, las del mercado laboral, las de la violencia, las de la representación política, dibujan un retrato donde ser mayoría no ha significado, todavía, ser igual.

Colombia tiene hoy la generación de mujeres más educada de su historia. El 58,5% de los graduados universitarios del país son mujeres. Ese dato se cita con orgullo en todos los informes institucionales, y con razón. Pero la historia no termina ahí, y lo que viene después es incómodo.

A enero de 2026, la tasa de desempleo en Colombia era del 10,9%, la más baja para ese mes desde que hay registros. Una buena noticia, sin duda. Pero cuando se desagrega por sexo, aparece la grieta: los hombres desocupados llegan al 8,7%, mientras las mujeres están en el 13,8%. Cinco puntos de diferencia que no se explican por falta de títulos, sino por algo mucho más profundo y mucho más difícil de reformar: el tiempo.

Las mujeres colombianas dedican el 17,5% de su día a trabajo de cuidado no remunerado. Cocinar, bañar a los niños, acompañar a los viejos, limpiar. Labores que no aparecen en el PIB, que no cotizan a pensión y que, acumuladas a lo largo de una vida, se traducen en que solo el 52,2% de las mujeres en edad de trabajar participa efectivamente en el mercado laboral, frente al 76% de los hombres. Una brecha de casi 24 puntos que no es pereza ni desinterés. Es el peso de una deuda social que se carga en femenino.

El número más duro del informe es también el más sencillo de entender. En 2025 fueron asesinadas 621 mujeres en Colombia por el hecho de ser mujeres. Un feminicidio cada dos días. Y lo que hace aún más devastador ese dato es lo que viene en el análisis: el 49% de esos crímenes en Bogotá estuvieron precedidos por múltiples denuncias previas. Las mujeres habían pedido ayuda. El Estado no respondió a tiempo.

La organización Sisma Mujer lleva años documentando ese fracaso institucional con una cifra que no da mucho margen a la interpretación: el 86% de las denuncias por violencia intrafamiliar e intento de feminicidio termina sin condena. La Ley 1761, que tipificó el feminicidio como delito autónomo hace más de una década, existe en el papel. En los territorios, los agresores siguen percibiendo que las consecuencias, si llegan, llegan demasiado tarde.

Y el riesgo no es homogéneo. Las mujeres migrantes venezolanas representaron el 13% de las víctimas de feminicidio en Bogotá, atrapadas entre el miedo a su situación migratoria y el desconocimiento de las rutas de protección. Las mujeres indígenas y afrodescendientes en Chocó, Nariño y Cauca enfrentan una violencia que se cruza con el racismo y el desplazamiento forzado. Las niñas y adolescentes en territorios con presencia del ELN y disidencias de las FARC siguen siendo víctimas de reclutamiento forzado y esclavitud sexual, con un aumento del 81% en casos documentados entre 2024 y 2025.

En el mundo corporativo, el cuadro es similar. Las mujeres son el 35% de la fuerza laboral en el sector TIC, el 39% de los CFO y el 43% de los líderes de Recursos Humanos. Pero el 65% de las juntas directivas en Colombia sigue siendo masculino. Y mientras tanto, en las carreras que definirán la economía del futuro como inteligencia artificial, ingeniería de software, ciencia de datos, ellas representan apenas el 20% de los estudiantes técnicos especializados. El 48,1% de las mujeres colombianas percibe la IA como una amenaza laboral, frente al 39,9% de los hombres. El miedo no es irracional: son ellas quienes ocupan los puestos administrativos y de servicios que la automatización se come primero.

Sería deshonesto quedarse solo con lo oscuro. Colombia de 2026 tiene avances reales que merecen nombrarse sin condescendencia.El país tiene hoy un Ministerio de Igualdad y Equidad con rango pleno y presupuesto propio, algo que no existía hace cuatro años. La tasa de fecundidad bajó a 1,6 hijos por mujer, un indicador que habla de mayor control sobre los propios cuerpos y los propios proyectos de vida. El 97% de las mujeres está afiliada al sistema de salud. Bogotá ha construido un Sistema Distrital de Cuidado que ya tiene reconocimiento internacional, con una inversión de 5,97 billones de pesos en políticas de igualdad de género. El país será sede de la XVII Conferencia Regional sobre las Mujeres de América Latina y el Caribe en 2028, lo que no es solo un dato protocolar sino un reconocimiento a un proceso de construcción institucional.

El 55,2% de los hogares colombianos tiene a una mujer como cabeza de familia, comparado con el 36,4% de hace apenas diez años. Ese número dice muchas cosas a la vez, algunas dolorosas: la soledad, la carga y otras que hablan de autonomía y decisión. Son más de la mitad de los hogares sostenidos por mujeres que decidieron, o tuvieron que decidir, no esperar.

Hay una Colombia que viene y que todavía no aparece en los titulares: la Colombia que envejece. La esperanza de vida femenina es de 78,3 años, consistentemente superior a la masculina. Las mujeres mayores de 70 años pasaron del 15,6% en 2010 al 19,5% de la población femenina actual. Son más longevas, sí. Pero muchas de ellas llegaron a viejas sin pensión, porque pasaron su vida productiva cuidando a otros y el sistema no contó ese tiempo como trabajo.

La reforma pensional de 2026 da un primer paso al reducir las semanas de cotización requeridas para las mujeres. Es un reconocimiento implícito de que el sistema estaba diseñado para trayectorias laborales masculinas, continuas, sin interrupciones por embarazo ni enfermedad de un familiar. Pero los expertos advierten que sin una red de cuidado nacional que acompañe esa medida, el parche no cose la herida.

Las encuestas de percepción de 2025 y 2026 revelan algo que los datos duros no siempre capturan: Colombia está fracturada en cómo entiende su propio progreso. El 92% de los colombianos dice que la igualdad de género es importante. El 55% cree que la situación de la mujer hoy es mejor que hace 25 años. Bien.Pero cuando se pregunta si el país se siente seguro, los hombres responden que sí en un 33,2% y las mujeres en un 21,3%. Doce puntos de diferencia que no son un capricho estadístico: son la distancia entre quienes pueden caminar de noche y quienes no. Las mujeres rurales, además, son las más escépticas frente al cambio: el 57% opina que las cosas siguen siendo más o menos igua.  Es probable que tengan razón. Los avances institucionales de Bogotá no siempre llegan al Pacífico, al Caquetá ni a Guainía.

Colombia tiene en 2026 las herramientas legales, los datos y, en algunos territorios, la voluntad política para ser un referente de igualdad. Tiene 27,6 millones de razones para que eso importe. Lo que todavía le falta es que los avances que ocurren en las oficinas y en los congresos lleguen a transformar la vida cotidiana de las mujeres que salen a trabajar con miedo, que cargan solas con el tiempo que nadie les paga y que piden ayuda antes de que sea demasiado tarde. Esas mujeres son la mayoría. Y la mayoría, en este país, sigue esperando.

 

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