El país atraviesa una transformación demográfica que la gente todavía no termina de procesar: la tasa de fecundidad cayó de 2,0 hijos por mujer en 2008 a 1,1 en 2024. Para ponerlo en perspectiva, Corea del Sur —que lleva años encabezando los titulares de catástrofe demográfica— está en 0,72. Colombia no está tan lejos de ese precipicio. Hacia 2036, habrá más personas de 60 años que menores de 15. No es una proyección lejana. Es dentro de once años.Lo curioso es que esto no está siendo vivido como una crisis. Al menos no todavía. Y en ese “todavía” hay una historia que contar.
Durante décadas, el relato dominante sobre el envejecimiento fue el de la carga. El adulto mayor como problema fiscal, como demandante de servicios, como sujeto pasivo de políticas públicas diseñadas para él pero raramente con él. La pirámide poblacional —esa imagen que aprendemos en el colegio con la base ancha de jóvenes y la punta delgada de viejos— empezó a invertirse en silencio, y nadie le prestó suficiente atención hasta que las cifras se volvieron imposibles de ignorar.
Pero hay algo que los demógrafos llevan tiempo señalando y que apenas ahora empieza a filtrarse al debate público: los mayores de 50 años son, en términos agregados, el grupo con mayor poder adquisitivo del mundo. El mercado global de lo que se conoce como la silver economy —la economía plateada— vale hoy 15 billones de dólares y se proyecta en 27 billones para 2050. Eso no es nicho. Eso es el centro del tablero.
China lo entendió con la velocidad que la caracteriza. Emitió 26 directrices gubernamentales para desarrollar su economía plateada. La industria respondió con productos de autocuidado, turismo especializado, tecnología de monitoreo de salud. Japón, que lleva más tiempo que nadie conviviendo con su propio envejecimiento, tiene toda una industria de robótica pensada para asistir a personas mayores que viven solas. En España, hay comunidades de cohousing sénior —vivienda colaborativa donde los propios residentes diseñan sus espacios comunes para no envejecer en soledad— que llevan lustros funcionando con éxito. En Colombia, eso apenas está empezando a nombrarse.
El poder electoral de este grupo es quizás lo más subestimado del debate político. En Estados Unidos, los votantes de 50 años o más fueron el bloque más numeroso en las elecciones de mitad de mandato de 2022. En Colombia, de cara a los comicios de 2026, hay una lectura que los analistas mencionan en voz baja: quien logre hablarle con honestidad a ese electorado —sin paternalismo, sin promesas vacías sobre pensiones, sin infantilizarlo— tiene una ventaja que las encuestas todavía no saben medir bien.
Los temas que movilizan a ese voto no son abstractos. Son la inseguridad que les impide salir al parque. Son los costos de los medicamentos. Es la pregunta concreta de si van a poder vivir con dignidad los últimos veinte o treinta años de su vida, que ahora duran mucho más que antes. La esperanza de vida proyectada para las mujeres colombianas en 2050 está en 80,5 años. No es vejez breve. Es una segunda vida entera que alguien tiene que financiar, sostener y hacer habitable.
Bogotá ha empezado a moverle el piso a ese problema, aunque lentamente. El plan “Bogotá Cuidadora” y el proyecto de generación de oportunidades para personas mayores tienen una inversión proyectada de más de 900 mil millones de pesos para este cuatrienio. No es retórica. Son gimnasios al aire libre en barrios donde antes no había nada. Son los 400.000 metros cuadrados de espacio público intervenidos para que caminar no sea una hazaña. Es el documento CONPES 4143, que por primera vez le pone nombre institucional a algo que las mujeres mayores han sabido siempre: que el cuidado tiene costo, que alguien lo paga, y que ese alguien casi nunca ha sido el Estado.
Pero hay una distancia todavía enorme entre lo que se diseña en Bogotá y lo que existe en Medellín, en Cúcuta, en los municipios donde envejecer sigue siendo sinónimo de invisibilidad.
Una última cosa, quizás la más difícil de cambiar: el edadismo. Esa discriminación sutil —y a veces no tan sutil— que hace que un hombre de 58 años con treinta años de experiencia no consiga trabajo porque “está muy grande”. Que hace que una mujer de 65 años sea interrumpida en una reunión porque se asume que no entiende de tecnología. Que convierte la vejez en algo que hay que disimular, esconder, posponer a toda costa.
El 48% de los adultos mayores encuestados en Colombia han dicho que quieren seguir activos mediante emprendimiento. No porque no puedan descansar. Sino porque tienen algo que decir, algo que construir, y un mercado laboral que los expulsó antes de tiempo.
La rebelión de las canas no es un slogan. Es la historia de una generación que aprendió, de la peor manera, que si no habla por sí misma nadie lo va a hacer. Y están aprendiendo a hablar muy fuerte.











