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El arte de preguntarle a la IA

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Jaime Burgos

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BUEN VIVIR

Es un hecho, está aquí. La inteligencia artificial no tiene vuelta atrás y por eso la decisión es subirse en ese tren o quedarse rezagado para siempre.Piense en la última vez que llamó a un banco. Usted marca, espera, y cuando finalmente contesta alguien, tiene unos segundos para explicar su problema. Si lo explica bien —con claridad, con los datos correctos, sin irse por las ramas— el asunto se resuelve. Si se enreda, si le falta información, si no dice desde el principio lo que necesita, la conversación se alarga, dan vueltas, y al final a veces ni llegan a ningún lado. Con la inteligencia artificial pasa exactamente lo mismo. Solo que aquí uno tiene todo el tiempo del mundo para hacer la pregunta bien.

A esa instrucción que uno le escribe a la inteligencia artificial —lo que en su pantalla aparece como el mensaje que uno envía— los expertos le llaman “prompt”. Y hay toda una ciencia detrás de cómo redactarlo. No porque la máquina sea caprichosa. Sino porque es muy literal. Hace exactamente lo que uno le pide, ni más ni menos. Y si uno le pide algo a medias, la respuesta también llega a medias.

Un ejemplo sencillo. Si uno le escribe a ChatGPT o a Claude: “háblame de la diabetes”, va a recibir una respuesta larga, general, llena de información que uno probablemente ya sabe o que no le sirve para nada. Pero si uno escribe: “Soy una persona de 60 años recién diagnosticada con diabetes tipo 2. Explícame, en palabras simples, qué cambios debo hacer en mi alimentación durante las primeras semanas”, la respuesta va a ser completamente distinta. Más útil. Más precisa. Más parecida a lo que uno realmente necesitaba.

La diferencia entre esas dos preguntas no es el tema. Es el contexto. Es la información adicional que uno le da a la máquina para que entienda no solo qué quiere saber, sino quién pregunta, para qué, y en qué nivel de detalle lo necesita. Eso es, en el fondo, lo que hace un buen prompt: ponerle al sistema el máximo de contexto posible antes de que empiece a responder.

Hay una comparación que lo ilustra bien. Imagínese que contrata a un asistente nuevo, muy capaz e inteligente, pero que no sabe nada sobre usted ni sobre su vida. El primer día llega y usted le dice: “arréglame esto”. El asistente va a hacer lo que pueda con esa instrucción tan vaga. Pero si usted le dice: “Necesito que me ayudes a redactar una carta para mi arrendatario, explicándole que voy a retrasar el pago del arriendo diez días porque tuve un imprevisto médico. El tono debe ser respetuoso pero directo, y no quiero que suene como una disculpa exagerada”, ese asistente va a poder hacer su trabajo de verdad.

La inteligencia artificial es ese asistente. Brillante, disponible las 24 horas, capaz de redactar, traducir, resumir, explicar, calcular, aconsejar, planear. Pero necesita que uno le diga bien qué quiere. Porque no adivina. Y porque cuando la instrucción es vaga, lo que hace es rellenar los vacíos con suposiciones propias, y esas suposiciones no siempre coinciden con lo que uno tenía en mente.

Los que trabajan profesionalmente en esto —y sí, ya existe ese trabajo, se llama ingeniero de prompts y está entre los más demandados del mundo tecnológico hoy— han identificado cuatro ingredientes que casi nunca deben faltar en una buena instrucción.

El primero es el contexto: quién es uno, cuál es la situación, qué antecedentes tiene el problema. El segundo es la acción concreta: qué exactamente debe hacer la máquina. Redactar, resumir, explicar, comparar. Un verbo claro vale más que un párrafo de rodeos. El tercero son los requisitos: el tono que se espera —formal, cercano, técnico, simple—, la extensión que se quiere, lo que no debe incluirse. Y el cuarto, el más poderoso y el más subestimado: un ejemplo de lo que uno busca.

Ese último punto merece un momento aparte. Si uno quiere que la inteligencia artificial escriba en un estilo particular —digamos, el tono de una carta que uno mismo escribiría—, lo más eficaz no es intentar describir ese estilo con palabras. Es mostrarle un ejemplo. Copiarle un párrafo de cómo escribe uno, o de cómo le gusta que le escriban, y decirle: “escribe en este tono”. La máquina aprende por imitación mucho mejor que por definición. Como los niños, en realidad.

Otro consejo que parece pequeño pero que cambia bastante el resultado: pedirle a la inteligencia artificial que explique su razonamiento antes de dar la respuesta. Suena extraño, pero funciona. Cuando el sistema tiene que justificar cada paso de lo que está pensando, comete menos errores. Es como cuando uno le pide a alguien que le muestre el proceso, no solo el resultado final. Los errores se detectan antes y la respuesta suele ser más sólida.

También conviene saber que estas herramientas tienen una especie de memoria de corto plazo. Todo lo que está en la conversación es lo que el sistema considera al responder. Si la conversación es larga y la información importante quedó sepultada en el medio, hay riesgo de que el sistema no le preste la suficiente atención. Por eso vale la pena repetir lo esencial al final de la instrucción, o empezar conversaciones nuevas cuando el tema cambia mucho.

Ahora, ¿para qué sirve todo esto en la vida cotidiana de una persona que no trabaja en tecnología? Para bastante más de lo que uno imaginaría.

Para entender un diagnóstico médico en palabras que no requieran diccionario. Para redactar una queja formal ante una empresa de servicios. Para que le expliquen una cláusula de un contrato sin tener que pagar una consulta de abogado. Para planear un viaje con itinerario detallado según el presupuesto y las preferencias de uno. Para aprender a cocinar un plato nuevo con los ingredientes que hay en la nevera. Para que le ayuden a escribir el discurso del cumpleaños de un nieto. Para entender qué está pasando en las noticias cuando los términos son demasiado técnicos.

En todos esos casos, la diferencia entre una respuesta genérica que no sirve y una respuesta que realmente ayuda está, casi siempre, en la calidad de la pregunta. No en la inteligencia de quien pregunta. Sino en qué tan bien le explicó a la máquina qué necesitaba.

Hay algo tranquilizador en eso, si uno lo piensa bien. En un mundo donde la tecnología suele hacer sentir a mucha gente fuera de lugar —demasiado rápida, demasiado complicada, diseñada para mentes más jóvenes—, la inteligencia artificial le devuelve el protagonismo al lenguaje. Y el lenguaje no tiene edad. Quien sabe hablar con claridad, quien sabe explicarse, quien tiene la paciencia de dar contexto y de ser preciso, tiene una ventaja real sobre quien solo escribe dos palabras y espera milagros.

Décadas de experiencia enseñan a hacer preguntas mejores. A saber qué información es relevante y cuál sobra. A anticipar malentendidos antes de que ocurran. Esas son, exactamente, las habilidades que hacen a alguien bueno comunicándose con inteligencia artificial.

La máquina es poderosa. Pero el poder real sigue estando del lado de quien sabe qué preguntarle.

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CUATRO CONSEJOS PARA EMPEZAR HOY

  1. Diga quién es y para qué necesita la respuesta. No asuma que la máquina adivina su situación.
  2. Use verbos concretos: “redacta”, “resume”, “explica”, “compara”. Evite instrucciones vagas como “cuéntame” o “dime algo sobre”.
  3. Pida el tono que quiere: “en palabras simples”, “de manera formal”, “como si me lo explicaras a mí que no soy experto”.
  4. Si no quedó satisfecho con la respuesta, no empiece de cero. Dígale a la máquina qué estuvo mal y pida que lo corrija. Eso también funciona.

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