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Lo que se juega en el Estrecho de Ormuz

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Jaime Burgos

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Hay lugares en el mundo cuya importancia es inversamente proporcional a su tamaño. El Estrecho de Ormuz tiene 33 kilómetros en su punto más angosto. Treinta y tres. Menos que la distancia entre Bogotá y La Calera. Y sin embargo, en ese pedacito de agua salada se está jugando esta primavera algo que ningún manual de geopolítica sabía exactamente cómo describir: el momento en que el orden económico del siglo XX decide si sobrevive o se quiebra de una vez por todas.

Desde el 28 de febrero, cuando los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel contra instalaciones nucleares iraníes encendieron la mecha, Teherán cerró formalmente el paso. No es metáfora. Cerraron el estrecho. La Guardia Revolucionaria anunció que solo dejarían pasar a los buques de países que expulsaran a los embajadores estadounidenses e israelíes, una movida que cualquier diplomático de carrera reconocería de inmediato como una cuña diseñada para fracturar coaliciones, no para ganar una guerra convencional.Lo que siguió fue una secuencia de eventos que los mercados empezaron a descontar en tiempo real y que la mayoría de los ciudadanos del mundo todavía no ha terminado de procesar.

Por ese estrecho pasan, en días normales, unos 20 millones de barriles de petróleo al día. El 20% del consumo mundial de hidrocarburos. El 25% de todo el comercio marítimo de crudo. Arabia Saudita, Iraq, Kuwait, Qatar, los Emiratos: todos dependen de ese canal como el organismo depende de la aorta. No es una analogía poética. Es fisiología económica.

Y hay un detalle que se pierde en los titulares: los canales de navegación real, los que pueden usar los superpetroleros de 350.000 toneladas, son dos franjas de dos millas náuticas cada una. Dos millas. Eso es todo lo que separa al mundo de una crisis energética de proporciones bíblicas. En esas dos millas caben, perfectamente, una mina inteligente, un enjambre de drones suicidas y el colapso del mercado de seguros marítimos.

Porque eso también pasó. Las primas de seguro para los barcos que se atreven a entrar a la zona subieron del 0,01% al 3% del valor del buque. Para un superpetrolero de 100 millones de dólares, eso es pasar de pagar 10.000 dólares por viaje a pagar 3 millones.

Irán lleva décadas perfeccionando lo que los analistas militares llaman “negación de área”. No necesitan hundir un portaaviones. Solo necesitan que el seguro del portaaviones cueste demasiado. Es una doctrina de disuasión construida sobre la psicología del mercado, no sobre el poderío convencional. Y en marzo de 2026 demostró que funciona.

Los informes del Pentágono reconocen que los ataques iniciales degradaron el 90% del arsenal de misiles iraní y el 95% de su capacidad de drones de ataque. Pero “capacidad residual peligrosa” es la frase que aparece después, y esa frase es la que mueve los mercados. Porque la incertidumbre cotiza. La posibilidad de un ataque vale casi lo mismo que el ataque en sí.

Existe la ilusión de las rutas alternativas. Arabia Saudita tiene el Petroline, un oleoducto que cruza el reino hasta el Mar Rojo. En teoría, puede mover 7 millones de barriles diarios. En la práctica, con los puertos de Yanbu operando bajo estrés, el flujo real ronda los 3 millones. Los Emiratos tienen el oleoducto Habshan-Fujairah, pero la terminal de Fujairah ha recibido ataques con drones y funciona al 71% de capacidad. Iraq, Kuwait y Qatar no tienen alternativa alguna. Ninguna tubería, ningún atajo.

El déficit que no puede desviarse está cerca de 15 millones de barriles diarios. Eso es lo que vale, en términos concretos, el Estrecho de Ormuz: 15 millones de barriles que el mundo necesita y que hoy no sabe de dónde sacar.El barril de Brent ya superó los 90 dólares. Los analistas más cautos hablan de 120. Los menos cautos hablan de 200 si el bloqueo dura más de un mes.

Hay una dimensión de esta crisis que casi nadie está cubriendo con suficiente atención: el gas. Qatar es el segundo exportador mundial de gas natural licuado. El 90% de sus envíos sale por Ormuz. Una interrupción total representaría una caída de 300 millones de metros cúbicos diarios. Europa, que creía haber resuelto su dependencia energética tras la guerra en Ucrania, está mirando este desarrollo con una incomodidad que sus funcionarios intentan no mostrar en público.

Y más allá del gas y el petróleo: un tercio del comercio mundial de fertilizantes pasa por ese estrecho. Los países del Sudeste Asiático y África Subsahariana que dependen de esos fertilizantes para su producción agrícola están viendo cómo el precio del gas —que subió 74% en los primeros días del conflicto— encarece directamente la producción de urea. La crisis alimentaria de finales de 2026 ya está siendo escrita, en tiempo real, por la geografía de un canal que la mayoría de la gente ni sabe que existe.

Trump, mientras tanto, ha apostado por lo que sus asesores llaman la Doctrina Donroe: una relectura de la Doctrina Monroe aplicada al siglo XXI, según la cual Estados Unidos ya no es el guardián de los bienes comunes globales en Eurasia. “China, Japón y Francia que protejan sus propios cargamentos”, ha dicho, con la lógica aplastante de alguien que sabe que su país ya no depende significativamente del petróleo del Golfo.

El problema es el vacío que eso deja. China y Rusia no esperaron mucho para llenarlo. Ejercicios navales conjuntos en las mismas aguas del estrecho, destructores tipo 052DL escolando petroleros chinos, inteligencia electrónica rusa apoyando a Teherán. La Quinta Flota estadounidense mira ese tablero y calcula cuánto margen tiene para atacar sin golpear accidentalmente un buque que lleve bandera de una potencia nuclear.La respuesta, en esta ecuación, es: poco.

Japón lleva importando el 90% de su petróleo de Oriente Medio desde que tiene memoria institucional. El 70% de ese petróleo pasa por Ormuz. En las últimas semanas ha liberado 80 millones de barriles de sus reservas estratégicas. Tiene 254 días de inventario total. Puede aguantar. Pero el propio gobierno japonés ha admitido que esas reservas son exactamente lo que su nombre indica: un amortiguador, no una solución.

Lo que el Estrecho de Ormuz le está mostrando al mundo en 2026 es algo que los economistas llaman “dependencia sistémica” y que en términos más directos significa: no sabíamos cuánto dependíamos de esto hasta que dejó de funcionar.Treinta y tres kilómetros. Dos millas náuticas de canal navegable. Un seguro de guerra que se multiplicó por trescientos. Quince millones de barriles que no tienen adónde ir.

En algún lugar de esa estrecha franja de agua, entre la costa iraní y la península omaní, se está negociando el precio de todo lo demás. El precio del pan en Bangladesh. El precio de la electricidad en Tokio. El precio de los medicamentos en Europa. El precio de la soja en Colombia.

La historia no suele anunciarse con claridad. Generalmente llega por donde nadie estaba mirando, por un canal que parecía rutinario, por una prima de seguro que nadie revisaba, por dos millas náuticas que todo el mundo daba por sentadas.

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