No nos estábamos buscando, pero en la vuelta de una esquina logramos encontrarnos. Tal vez fue el destino. El universo. O Dios.Era viernes. En Bogotá no llovía. Era una de esas tardes sin sol, pero sin frío. 5 de abril. Quedamos de vernos en un café al que yo solía ir de vez en cuando. No quería llegar tarde. Salí con tiempo, tal vez sesenta años antes: Nunca fue fácil.
Escogí los caminos complicados. Di vueltas, me caí muchas veces y me volví a levantar de la mano de personas maravillosas que estuvieron en mi vida el tiempo necesario para aprender, para saber, para entender. Caminé un paso. Me devolví dos, pero siempre estuve en el camino correcto. En algún momento llovió. En otros hizo sol. Algunas veces creí que había llegado porque de alguna manera fui feliz. Tal vez hubo un tiempo en que sentí que me perdí. Sentí que era el final. Y no. Y pude florecer para llegar puntual a una cita que esperé por mucho tiempo.
Esa tarde antes de salir de mi casa había leído algo de Rayuela: “Y lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro”. Tal vez fue una premonición.
Pitaban. Corrían. Olía a marihuana y a mugre revuelta. Alguien cantaba. Sonaron dos o tres monedas. En mi cabeza resonaba Fito Páez: “En un café se vieron por casualidad, cansados en el alma de tanto andar. Ella tenía un clavel en la mano, él se acercó, le preguntó si andaba bien. Llegaba a la ventana en puntas de pie y la llevó a caminar por Corrientes. Miren todos, ellos solos, pueden más que el amor y son más fuertes que el Olimpo”. Di muchas vueltas, pero ahí estaba de frente a mi destino. En la puerta una pareja pedía limosna. Nadie los miraba. Nadie los vio. Ni yo, que los miré y no los vi.
Estaba sentada en medio de la nada. O tal vez todo era nada, tan solo porque ella estaba sentada en medio. No sé. No importaba, en realidad. Llegó antes de lo puntual. Sonrió.Iluminó todo, sesenta años y unos pocos meses después. Pedimos un café deslactosado, una botella de agua con gas y un chorrito de limón.
Era Lara. Habíamos hablado por las redes sociales y habíamos aplazado nuestro encuentro varias veces. Me impactó su belleza. Yo no sé si tengo buen gusto o soy un tipo con suerte, pero siempre me tocan las bonitas. Hablamos de todo y nada, pero, sobre todo, nos reímos. Estábamos destinados a ser.
A partir de ahí, todo fue muy rápido. Hubo algo en ese encuentro de dos almas que se parecía al acto de soplar vidrio: frágil, ardiente, lleno de posibilidades. No fue que lo planeáramos. No del todo. Sucedió como un roce accidental que se convirtió en chispa y de pronto, sin saber cómo, eldestino quiso que estuviéramos frente a alguien que nos hizo imaginar lo que aún no existía. La construcción de una ilusión no fue un acuerdo firmado ni una certeza tallada en piedra. Fue más bien un murmullo compartido, un “¿y sí?” que se coló entre miradas y silencios.
Fuimos dos personas que se conocieron pero que no solo nos descubrimos. Nos inventamos. Cada palabra, cada gesto, fue un trazo en el lienzo de lo que pudo haber sido. Yo le dije algo que la hizo reír y en esa risa, ella dibujó un futuro que la hiciera olvidar de su pasado. Ella me contó un sueño a medio recordar y yo, sin decirlo, empecé a construirle un tejado. No fue que lo supiéramos, no al principio. La ilusión se tejió en la penumbra de lo que no se nombró, en esa danza de acercarnos y retroceder, de probar si el otro sostenía el peso de lo que cada uno cargaba.
Esa ilusión tuvo cimientos de deseo, paredes de esperanza y ventanas por donde se coló el miedo. Fue un acto de fe en el vacío: creer que el otro podía ser espejo y refugio, que juntos podríamos haberle dado forma a un tiempo que aún no nos pertenecía. Y, sin embargo, estuvo el riesgo, siempre el riesgo. Porque construir una vida juntos no era solo sumar dos existencias, sino aceptar que algo se perdería en el camino: la soledad antigua, los bordes afilados de lo que cada uno era antes de cruzarnos.
Quizá por eso la ilusión fue tan bella y tan cruel. Nos pidió imaginar lo imposible sabiendo que podía deshacerse con un soplo. Y aún así, lo hicimos. Nos sentamos frente al otro, con las manos temblando de ganas y dijimos “vamos a intentarlo”. Como si el amor, o su promesa, hubiera sido suficiente para sostener el peso de un mundo que en ese momento no sabríamos si era nuestro.
A veces no sé que quiero. A veces sé que no quiero y a veces quiero, pero no sé. A veces no es lo que quiera, a veces no es lo que sé. Pero con Lara y a partir de ese café deslactosado, lo quise todo. Lo supe todo. De la charla, pasamos a la risa, de la risa a la complicidad, de la complicidad a la atracción, de la atracción al deseo, del deseo al amor y del amor a la vida. O por lo menos eso creí yo.














