Como en Rayuela, andaban sin buscarse, pero sabiendo que andaban para encontrarse. Uno nació en Ámsterdam y el otro en Barcelona. De poetas y locos ambos tenían un poco. Uno se llamaba Hendrik Johannes, pero le decían Johan. El otro se llama Joan Manuel. Ambos sentían especial pasión por el Barcelona y por la poesía de Miguel Hernández, aunque por razones muy distintas. Quedaron de encontrarse un jueves de abril de 1974 en algún café de Barcelona.
Johan Cruyff, fue un genio del fútbol. Tímido y reservado, a este flaco, largirucho de pelo liso, solamente le interesaba el fútbol. Tenía una especie de novia tóxica en los pies porque cuando tomaba el balón era difícil que se le despegara. No es que fuera pobre porque en su casa nunca faltó nada. Tampoco sobró. Su papá tenía una tienda de frutas y verduras y de pequeño,Johan, se divertía haciendo veintiunas con las naranjas maduritas.
Vivía a media cuadra del campo de entrenamiento del Ajax y casi por contagio, terminó jugando en ese club. A los 17 años debutó en primera división. Pronto, el mundo se dio cuenta de su talento. Recibió el Balón de Oro al mejor jugador europeo en 1971, 1973 y 1974. Cruyff llegó al Barcelona en 1973 y desde ese momento se hizo ídolo de los hinchas de ese equipo, entre ellos, Joan Manuel.
Serrat, es un genio de la música y si la academia sueca fuera justa, le hubiera dado el nobel antes que a Bob Dylan. Pero no, no es justa. Nació en Barcelona en medio de una familia obrera que vivía en el barrio Poble Sec. Se graduó como perito agrónomo pero lo más cerca del campo que estuvo fue cuando escribió, “tu nombre me sabe a yerba”. Irónico y sensible, rebelde, insurrecto, revoltoso y sublevado, nunca cedió ante el poder o la etiqueta, desde hace más de 50 años ha estado presente en la vida de los que hablamos español. Y catalán.
Extrañamente, esa tarde llovía en Barcelona. El café estaba lleno de turistas y algunos pocos barceloninos. Uno de ellos era Serrat que fumaba tranquilo esperando a conocer a Cruyff, que de un año para acá, era el encargado de alegrarle las tardes de domingo con una filigrana o un gol de antología. El holandés llegó de gafas oscuras y cachucha para esquivar a los culés. Se reconocieron de inmediato:
-No sé si me gusta más de ti lo que te diferencia de mí o lo que tenemos en común, dijo Serrat
-Querido Joan, qué placer. Desde que llegué a Barcelona, me enamoré de tu disco de Miguel Hernández
-Ese disco lo grabé en 1972 y es un homenaje a ese gran poeta, que incluso en España no era muy conocido.
-De él aprendí que es mejor caer con nuestro propio punto de vista que con el de otra persona.
Y así pasaron la tarde en medio de vinos y cigarros, uno diciendo que alguna vez cantó y el otro que alguna vez jugó, hablando sobre el milagro de existir, el instinto de buscar, la fortuna de encontrar, el gusto de conocer, del Barsa en el que ambos coincidieron que por él brilló su sol un día, y cuando piensan en él brilla de nuevo, sin que lo empañe la melancolía de las fugaces amores eternos, de que en España los 22 jugadores se santiguan antes de salir al campo y si eso resultara bien, siempre sería empate y que hay que contarle al corazón que existe una razón escondida en cada gesto.
Se despidieron no sin prometerse que se volverían a encontrar cuando uno volviera del mundial y el otro de una gira por Europa. Nunca cumplieron, pero Cruyff siempre guardó la servilleta que Serrat garrapateo: Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón. Como un ladrón te acechan detrás de la puerta. Te tienen tan a su merced como hojas muertas…
(De el libro de cuentos “Futbolatría” )












