Creo ser la historia de contar de alguien, tal vez su guerra perdida, el recuerdo que se evita pronunciar, el chiste malo, el silencio después de la derrota, la paz que terminó siendo batalla y debe ser por eso es que me gusta escuchar la versión larga de los otros, el cuento lleno de detalles y de volteretas sin sentido, porque en esas digresiones, encuentro las grietas por donde se asoma la verdad, esa que no cabe en los resúmenes ni en las frases bien peinadas.
Oír es una bendición, pero escuchar es un milagro y por eso me atraen las pausas innecesarias, los nombres que nadie recuerda, las fechas aproximadas, los “creo que fue un martes” y los “no estoy tan seguro”, como si en esa vacilación respirara algo más humano que la certeza. Quizás me reconozco en esas guerras que no se ganaron del todo, en esas batallas domésticas que dejaron cicatrices invisibles, y por eso dejo que el otro se demore, que vuelva atrás, que se contradiga, que adorne sin querer lo que le duele. Escuchar así es una forma de hospedar derrotas ajenas, de darles una silla y un vaso de agua, que como el ibuprofeno de EPS no sanan, pero ayudan, de permitirles existir sin la obligación de volverse moraleja. Tal vez, en el fondo, espero que alguien haga lo mismo conmigo cuando me toque desordenar mi propia versión larga, esa que todavía no sé contar sin perderme en los detalles.
Me cuesta – pero lo intento- escuchar sin pausa, oír sin prisa, sin meter la cucharada, ni decir las frases con ínfulas de genio que se evaporan con el viento. Es difícil – lo sé- domar mi ego y mi soberbia, callar mi juicio sin contexto o dar consejos que no uso o recomendaciones que no piden, porque a veces los otros tan solo necesitan sacar la rabia afuera o gritarle al mundo su alegría como un borracho a las tres de la mañana al que le urge explayarse en los detalles, porque nunca es dónde y siempre es con quien o porque los cualquier sitio o los cualquier cosa nunca son cualquier sitio o cualquier cosa.
Tal vez los demás necesitan menos truenos y más lluvia, menos noches en vela y más estrellas que iluminen, menos discursos y más risa, menos jueces y más cómplices, menos histeria y más abrazos solidarios, menos drama y más comedia, menos urgencia y más tintico hablado, menos frases de cajón y más sonrisas que endulcen el dolor, menos mensajitos de whatsapp y más paseos por el parque, menos no me pasa nada y más detalles infinitos, menos sermón y más arrullo, menos regaños y más cariños que embadurnen. En fin, menos cuentos resumidos y más versiones largas porque ahí nace la complicidad. Y tal vez la vida.












