Hay una trampa que llega con los años. No aparece en el espejo. Aparece en las certezas.Un día dejamos de decir todavía puede pasar y empezamos a decir eso ya fue. Lo hacemos sin darnos cuenta, como quien baja una persiana al caer la tarde. No hay un gran anuncio. Apenas un gesto pequeño. Un acuerdo silencioso entre la prudencia y el miedo.Es extraño. A los veinte uno creía que el amor podía con todo. A los sesenta cree que ya lo vio todo. Y ninguna de las dos cosas es cierta.
Porque el amor no entiende de estadísticas. Nunca le importó la experiencia acumulada. Entra cuando quiere, desordena lo que parecía bien acomodado y tiene la mala costumbre de llegar justo cuando uno estaba orgulloso de haber aprendido a vivir sin él.
Entonces sucede algo casi ridículo. Uno vuelve a esperar un mensaje. Se descubre sonriendo por una frase que cualquier otro encontraría insignificante. Se sorprende cuidando una camisa que llevaba meses olvidada al fondo del armario. Cambia la ruta de una caminata con la secreta esperanza de encontrarse a alguien. Y, mientras hace todas esas cosas, una parte de sí mismo protesta:
“¿No se suponía que ya habíamos superado esta etapa?”No.Lo que se superan son las ingenuidades.No la capacidad de asombro.Con los años entendemos que enamorarse no es encontrar a quien venga a completarnos. A estas alturas ya sabemos que nadie recoge los pedazos que uno no ha querido recoger. Nadie cura la historia de otro con un abrazo. Nadie salva a nadie.Y, sin embargo, hay personas que llegan y consiguen algo más difícil: nos recuerdan partes de nosotros que creíamos perdidas.Eso basta.
Porque enamorarse, cuando ya se ha vivido bastante, deja de ser una promesa de felicidad eterna. Se convierte en otra cosa. En una conversación donde uno puede quitarse la armadura sin sentir vergüenza. En la tranquilidad de no tener que parecer más joven, más exitoso o más interesante de lo que realmente es. En la rara fortuna de ser mirado sin maquillaje para el alma.
Tal vez por eso este amor tiene menos fuegos artificiales y más brasas. Menos vértigo.Más verdad.Y quizá ahí esté el secreto que vale la pena llevarse para esta semana.No envejecemos el día en que cumplimos años.Envejecemos el día en que decidimos que ya nada importante volverá a ocurrirnos.Todo lo demás son arrugas.
La vida, en cambio, sigue buscando la menor rendija para entrar. A veces llega con el olor del café de una mañana cualquiera. Otras veces con una canción que uno no escuchaba desde hace treinta años. Y, de vez en cuando, tiene la delicadeza de presentarse con unos ojos que nos obligan a hacer lo único que nunca terminamos de aprender.
Volver a empezar.No como quien borra el pasado,sino como quien, por fin, entiende que el pasado no era un lugar para quedarse a vivir, sino el camino que lo trajo hasta aquí.Que esta semana nos encuentre con esa clase de valentía.La de quienes ya conocen el precio de abrir el corazón… y aun así dejan la puerta entreabierta, por si la vida decide volver a tocar.












