Ahora que tengo la paz, no quiero la calma. No le pido a la vida que me evite las tormentas. Solo le pido no volver a perderme en su revuelque. Quiero seguir sintiendo el viento en la cara, que me remueva las entrañas o que me tirite los cojones. La calma puede ser un buen refugio, pero nadie recuerda una existencia por los días en que el mar no se movió. Mi paz es interior, pero lo que pasa ocurre afuera.
No quiero quedarme sentado en un sillón, esperando a ver qué pasa por la ventana de mi casa. Quiero salir a buscar borrascas y ventiscas que me hagan sentir que sigo vivo. Quiero volverlo a desear, correr el riesgo, sentir la ansiedad de no saber qué pasará, entender que la incertidumbre sabe a vida porque lo que envejece de verdad es la costumbre y a veces no se necesitan alas porque bastan los columpios.
No quiero confundir la paz con calma, porque nada se compara con la deliciosa sensación de intentarlo y darlo todo. Ya acepté que hay trenes que se fueron y no vuelven porque debían seguir otros caminos, personas que se quedaron en la estación que ya pasó y sueños que cambiaron de destino. Esa paz no apagó mis ganas. Solo silenció mis guerras y batallas.
Todavía quiero enamorarme de una conversación que me desordene las certezas y me desquicie los sentidos. Quiero descubrir un libro que me obligue a subrayar páginas enteras o a pensar mientras me bañó y me enjabono. Quiero cambiar la ruta de un domingo para llegar hasta tu casa o a tu cama, aprender algo que raye con lo absurdo, empezar algún proyecto del que todos digan que ya no sirvo para eso. No necesito la adrenalina de antes. Tal vez me basta con el asombro o el espanto. No quiero tener la razón. Quiero perderla entre tus piernas o en tus ojos. No quiero un corazón que solo funcione por inercia.
Quiero caminar pateando charcos o tarareando una canción. Quiero volver a los orgasmos y gemidos, a los espasmos musculares o a las contracciones por desuso. Quiero saberme tomado de tu mano sin que nada nos importe, esperar que llegue octubre para morder esa paleta que te dije o reírme de las bromas que me haces. Aceptar que el fuego sigue ardiendo y que el juego sigue vivo y que todo me sorprenda y me lleve por delante.
El tiempo de los inventos ya pasó y ahora sólo cuentan los intentos. Caer y levantarse. Iluminar cada rincón. Mi amor cósmico, tu mirada mágica, el orgasmo místico, la sensación exótica, el jadeo acústico, la emoción hipnótica, la risa sísmica y tu piel erótica.
No necesito un mundo perfecto. Tal vez un simple barquito de papel o un refugio donde sonreír de vez en cuando…













