Que sea transparente no quiere decir que no tenga mi letra chiquita.He sido mucho mejor dando que recibiendo, lo que no me hace ni mejor ni peor persona.Y es que tal vez durante mucho tiempo fui entrenado para la escasez, para la poquedad, para la insuficiencia, como si alguien hubiera escrito en la pared invisible de mi infancia, que la felicidad debía usarse con moderación, a cuenta gotas, igual que las camisas nuevas, el vino caro o la vajilla buena que se guarda para las visitas importantes. Yo, que creí que mis horas de misa no habían hecho mella,no habían dejado roto, finalmente vine a darme cuenta de que sí, sí lo hicieron porque me dejaron la tara de la culpa al recibir.
Durante años viví administrando los afectos, los sueños y hasta la alegría, temiendo, de pronto, que el universo me fuera a cortar el crédito emocional de un momento a otro y que me quedara sin nada, cuando en realidad era eso lo que ya tenía. Nada.He repartido favores, consejos, abrazos, plata, tiempo y hasta opiniones que nadie me pidió. Tal vez por buena persona, por inseguro, por lambón o tal vez, porque en el fondo creía que si daba, nadie me iba a abandonar. O todo junto. Podía dar un consejo sin que me lo pidieran, prestar plata que no tenía, aparecer cuando alguien me necesitaba y hasta cargar con problemas ajenos como si vinieran incluidos en el mercado de la semana en el D1.Lo sigo haciendo, pero tal vez por una única razón: porque me da la puta gana.
En algún momento tal vez en medio de una ducha, de un insomio, de un café tibio y oscuro decidí botar tanta mierda acumulada, tanta costra amontonada, tanta pústula hedionda y maloliente. Me rompí sí, pero entonces, tal vez por suerte o por un soplo divino, recogí mis pedacitos y me volví un vitral por el que entra la luz en todos sus colores porque el amor no es más que fragmentos de luz buscando otros fragmentos, espejos rotos que al juntarse reflejan algo más hermoso que la perfección de este caos hermoso que llamamos existencia, una alquimia silenciosa que transforma el plomo en oro tibio. Una danza entre herida y sanación. Conocí la abundancia, la demasía,la plétora, la desmesura que viene con el dar, pero también al recibir.
Aprendí a recibir porque corté de un tajo mi brazo limosnero. Acepto lo que me dan: el amor,la amistad, la alegría, el consejo, la mano que me empuja en la tristeza, una paletica Drácula, una palabra bonita, un piropo y por supuesto, los abrazos que me calman cuando todo se oscurece.Jubilé la culpa y hoy recibo lo que me quieran dar los otros como una bendición, un regalo. He aprendido a abrir las manos para recibir las cosas inútiles y maravillosas de la vida, que en realidad son las que importan. Una tarde sin hacer nada. Una comida que no necesitaba. Una canción. Una conversación larga. Una cama cuando estoy cansado. Una carcajada. He entendido, por fin, que no todo lo que llega tiene que ser devuelto, explicado o merecido aceptando que a veces necesito, que a veces me ayudan, que a veces me quieren y a veces no tengo que hacer absolutamente nada para poderlo recibir.
Tal vez por eso hoy viajo ligero,intento no joder a nadie,ayudo en lo que puedo, bendigo la existencia de mis hijas y el amor que recibo y el que doy, me asombro de las cosas chiquiticas que me pasan, me río de mí mismo, hago lo que toca y no intento convencer a nadie de la forma en que me gusta ver la vida.Puro equilibrio. Como la bicicleta.










