Sobre el papel, esta pareja lo tiene todo. Ambos son mayores de 50.Los dos llevan rato separados, los hijos son adultos y viven su vida, no hay exesposos que llamen ni suegras que opinen. Se conocieron , se cayeron bien y a al poco tiempo ya se mandaban buenos días con emoticones. Cualquiera diría que el camino está despejado.
Y sin embargo, los sábados terminan en silencio. Uno pregunta “¿qué pasó, mi amor?” y el otro responde “nada”, con ese “nada” que en Colombia pesa más que un tratado. Uno no se lo cree, claro, y vuelve a preguntar de otra manera, con más cariño y más palabras, convencido de que lo que se nombra se alivia. El otro se encierra un poco más, formado en la escuela de que lo que duele se aguanta en privado. Pasan dos días con el afecto intacto y la conversación atascada como un carro en plena avenida 80.
La falta de ataduras, que parecía una ventaja, deja a la vista lo que antes quedaba tapado. En un primer matrimonio, el ruido de la vida (los niños, el trabajo, las cuentas) disimulaba muchas torpezas de comunicación. Nadie tenía tiempo de notar que no sabían hablarse, siempre había algo urgente que resolver. Ahora no hay nada que distraiga. Están los dos, un tinto y una frase que no sale.
Hay que decir, además, que estos dos no se parecen en nada.Aca no importa quién es quién. Puede ser él o puede ser ella.Uno es de los que dicen “te quiero” en la puerta, en el carro y en el chat del grupo familiar, llora con las películas y cuenta su día completo, con anécdotas, personajes y moraleja. Siente que una emoción que no se comenta se pudre. El otro es de los que demuestran el cariño con hechos: se acuerda de la cita médica, pregunta si ya comió, cocina rico para el otro. Hablar de lo que siente es casi un acto de exhibicionismo.Para el otro, es esconder algo. Uno cree que hablar de más es gastar lo que vale. El otro necesita media hora de conversación para dejar de sentir algo. Uno necesita un día entero de silencio para saber qué siente. Se dice que los opuestos se atraen, y es verdad, pero nadie advierte que la atracción es la parte fácil y que la convivencia es la factura que llega después.
Cada uno carga, de paso, con el idioma que aprendió en otra casa. Uno viene de una relación confusa, así que subió el volumen de su ternura con la esperanza de que alguien por fin la recibiera. El otro viene de otra en la que hablar servía para que se lo echaran en cara después, y aprendió que lo que se dice se usa en contra. Los dos hablan con miedo, uno por exceso y el otro por defecto, y ahí nace el malentendido. Uno lee el silencio del otro como rechazo mientras que el otro lee la insistencia como presión. Cuando se cruzan un jueves en la cocina, uno necesita una conversación urgente y el otro necesita que lo dejen en paz hasta el viernes, y los dos, con toda razón, se sienten incomprendidos.
Sobre ese terreno crece un vicio muy poco comentado: la procrastinación de los afectos. Es el “después te lo digo”, el “cuando haya un momento más tranquilo”, el abrazo que se deja para el fin de semana y el “te quiero” que se da por sabido, convencidos de que a esta edad ya no hace falta decirlo. Se pospone el cariño igual que se pospone la visita al médico, con la certeza de que habrá tiempo. Y como los afectos no se cobran con intereses sino con ausencias, un día uno descubre que lleva meses hablando solo y el otro que lleva meses sin saber cómo contestar.
Quienes estudian la comunicación en pareja suelen repetir que lo que más daño hace no es el grito sino la suposición. Dar por hecho lo que el otro piensa, lo que siente, lo que “debería” saber a estas alturas. A los cincuenta y tantos esa trampa resulta más fácil, ya que uno se cree experto en relaciones después de medio siglo en el oficio. Cuesta aceptar que con esta persona hay que empezar el curso desde la primera clase, y más cuando la otra parece escrita en otro alfabeto.
Con los opuestos, la solución rara vez consiste en que uno se parezca al otro. Esa es la receta del resentimiento. Funciona mejor un trato de traducción: Uno se compromete a decir, aunque sea en una frase, “necesito tiempo, pero no me voy”, y el otro a esperar sin interpretar ese silencio como una sentencia. A cambio, acepta que no todo se resuelve en una sola conversación y que el cariño también cuenta cuando llega en forma de sopa. Ninguno cede su naturaleza. Los dos aprenden, apenas, a avisar.
Y aquí viene lo que más se olvida: el trabajo es de los dos, o no es. Cuando uno solo se esfuerza, el otro queda de espectador y el esfuerzo se convierte, tarde o temprano, en cuenta de cobro. Si uno hace todo el trabajo de traducción, aprende a hablar bajito y a callar sus ganas, y a los seis meses está resentido sin saber por qué. Esto se parece al tango, que no sale si uno baila y el otro mira, y tampoco si uno se empeña en llevar los dos pasos. Hace falta que cada uno ponga su parte con sus propias incomodidades: que uno practique el silencio sin sentirse abandonado y que el otro practique la palabra sin sentirse expuesto. Y sin llevar la contabilidad de quién cedió más, que es el deporte favorito de las parejas que están a punto de perder el partido.
Ahí entran los códigos secretos, un recurso casi infantil de tan sencillo que algunas parejas descubren por casualidad. Nada de discursos ni de mensajes largos. Un toque suave en el hombro cuando el otro pasa por la cocina, que significa “aquí estoy”. Dos golpecitos en la pierna debajo de la mesa, en medio de una reunión social aburrida, que dicen “me acordé de ti”. Un apretón de mano doble en el cine, una mano en la nuca mientras se lee, tres toques en la espalda antes de dormir. Cada pareja escribe su propio diccionario, y lo más bonito es que nadie más lo entiende.
Para los opuestos el código es una bendición, siempre que lo inventen entre los dos. Un código impuesto por uno solo es una orden, y uno pactado es un idioma. A uno le permite decir “te quiero” sin sentir que se está exponiendo en público. Al otro le da la certeza de afecto sin necesitar un discurso de vuelta, y de paso le enseña que un golpecito en la rodilla puede valer más que tres párrafos. Funciona, además, porque rompe la tiranía de la palabra, que a esa edad suele venir cargada de historia. Decir “te quiero” puede sonar a rutina, a obligación o a reproche. Un toque en el hombro, en cambio, no tiene pasado, es un lenguaje nuevo que se estrena entre los dos. Sirve también en los días malos, cuando el orgullo impide hablar pero la mano todavía encuentra el camino. Responder al código con otro código es una manera de decir “te escuché” sin necesidad de ganar la discusión.
Conviene sumar un par de acuerdos igual de sencillos, y de nuevo, pactados entre los dos. Decir en voz alta lo que normalmente se calla: “Estoy molesto y todavía no sé por qué, dame un rato”. Prohibir el “nada” y reemplazarlo por un “no quiero hablar ahorita, pero no es contigo”. Preguntar una vez y esperar, en lugar de preguntar cinco veces y adivinar. Y aceptar que hay quienes procesan hablando y quienes necesitan caminar antes de abrir la boca, sin que eso sea un ataque.
Esta pareja no tiene por qué rendirse ni conformarse. Tiene lo más valioso que se puede tener a esta edad, que es tiempo, libertad y ganas. Le falta solo un manual de instrucciones que nadie escribió, y que se redacta entre los dos, a cuatro manos, a punta de equivocarse con cariño y de aceptar que el otro es, gústele o no, un país distinto.
Si usted vive algo parecido, empiece hoy mismo y deje la procrastinación para otro asunto. Siéntense los dos, sin que nadie lo cite ni lo mande, y escojan juntos un gesto, uno solo, un toque en el hombro o un golpecito en la pierna, y acuerden qué significa. Háganlo esta semana, sin esperar el momento perfecto, que no existe. Y si les funcionó, cuéntennos en Atardescentes cuál es su código. Alguien más, en otra sala y con otro silencio, está esperando saber que se puede aprender a decir “te quiero” sin abrir la boca.









