Estoy lleno de zurcidos y remiendos, de grietas y rendijas, de abolladuras y cicatrices,de miedos y dolores que acaricio cada día porque para verdades, la ducha.
A veces siento que nací en la época equivocada, tal vez porque sigo escuchando mis viejos discos de vinilo o porque soy capaz de decirle a los que amo, que los amo. Mis “te quiero” no necesitan estrategia, ni creo que mi intensidad sea un defecto del carácter. Es tal vez, una forma de respirar. De vivir. De ser. Hoy me descubro diciendo palabras que antes habría regalado con miedo, y con una imprudencia que me pesa más que todas las heridas que sanaron.
Hace tiempo deje de aplazar los afectos, de procrastinar los cariños, de retardar las emociones, de dilatar la cortesía, de diferir el perdón y las disculpas, de disfrazar los sentimientos de ternura, de dejar para otro día lo que tenga que decir. Y es que no sé si la gente que yo amo morirá de vieja o si yo me iré mañana o que los demás no se aburrirán de esperar una señal y que siempre habrá otro día.
Soy un bicho raro. Lo sé. No mejor ni peor. Distinto, en un mundo donde las relaciones se han convertido en un juego de poder, en estrategias de dominio, en balances financieros, en persecución obsesiva del retorno de la inversión de los afectos, en eslogan marketeros, en frases de ocasión que nos salvan y mantienen, donde mostrar lo que se siente, termina siendo un factor que debilita. Dejar ver los sentimientos termina siendo para muchos la desgracia, como si conectar el corazón con el cerebro fuera la soga que nos mata. Yo prefiero seguirme muriendo de a poquitos, a sorbos, a riesgo de parecer intenso, acelerado, imprudente, atolondrado y aturdido.
Puedo parecer incauto, ingenuo, inocente. Y lo soy, pero no entiendo la vida de otra forma porque descubrí a golpes y machuques que el tiempo de las palabras es hoy. Los abrazos y los besos se conjugan en presente, no en pretérito imperfecto ni mucho menos en futuro incondicional. Mañana se endurecen. Mañana ya no sirven. Mañana ya no alimentan. Mañana no interesan. Mañana ya no alivian. Mañana ya no encienden.
Hoy sé que las palabras hay que decirlas en el momento justo, el momento que es. No antes porque terminan en promesas vanas. No después, porque terminan en lamentaciones sin sentido. Como dice Carlos Varela: “Una palabra no dice nada y al mismo tiempo lo esconde todo, igual que el viento esconde el agua, como las flores que esconden lodo” …
Por eso prefiero ser intenso, para no confundir una estrella que titila con unas luces de parqueo.














