La libertad y el miedo

En mi viejo tocadiscos suena Libre de Nino Bravo, un tipo que se murió muy temprano. Leo un fragmento de Juan Villoro: “ No se puede tener lo de hoy y lo de ayer, no se puede ser a la vez quien se ha sido y quien se es. Hay que escoger. La felicidad ha de ser una. No puedes tener el sol  y la luna”.

En el espejo que cuelga en mi sala me veo. Es difícil reconocerme después de tantos años de mierda acumulada. Debajo de esa mugre, de esa costra indefinible, pude por fin hallarme. O eso creo. Hubiera querido hacerlo antes, pero qué se le va a hacer. Hoy puedo vivir con mis pequeños infiernitos sin olvidar que afuera existe el cielo.

Muchas veces pensé que la libertad era cambiar de dueño. Y no, porque no hablo de alguien o de algo que me tuviera prisionero. No, porque yo mismo fabriqué mi propia jaula. Mi ego, mi soberbia, que no eran más que miedos disfrazados. Mis silencios, mis angustias, esas ganas infinitas de irme cada día, mis rotos sin remiendo, mi poquedad, mi encogimiento, mi vergüenza y cobardía, mis ganas de encajar, las mentiras que me dije, los sueños que no tuve, las pequeñas victorias sin festejo, el vacío y la miseria.

Pero como nada es para siempre, como dice Serrat, en Para la Libertad: “retoñarán aladas de savia sin otoño, reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida, porque soy como el árbol talado que retoño, aún tengo la vida.  Y entonces me llegó el día en que el destino me dijo que ya basta – yo le llamo Dios – y de a pocos he empezado el restriegue y el enjuague, el frote y la rasquiña, avanzando un paso, devolviéndome dos, cayéndome tres y resbalándome cuatro. Antes soñaba con ser astronauta y ahora sólo quiero un lugar tranquilo para poder ver las estrellas.

 

Uno solamente se encuentra cuando toca. No antes. No después…

 

Perdoné lo que me hicieron, lo que creo que me hicieron y lo que no me hicieron y creí. Pedí perdón por lo que hice, por lo que creyeron que hice y por lo que no hice y lo creyeron. Y me perdone. A veces lo bueno es lo que pasa y no lo que uno espera.

Y es que la libertad se siente bien, pero me llena de culillo. No es sencillo verle la cara y perder el miedo de vivir sin la cadena, de caminar sin ataduras, de saber que hay cosas que no puedo cambiar, que no debo forzar, que no puedo manejar, que tener la razón es bobería cuando en realidad lo que se está perdiendo es un punto de vista diferente, que a veces es mejor pedir perdón que condenarse a la soberbia, que llorar es sanador y la risa contagiosa, que amar es decisión y no peligro y que soñar es la utopía que me mueve. Ahora suena “No ha sido fácil” de Pablo Milanés: “Yo sólo tengo la razón de quien quisiera ser mejor de lo que ayer”.  Y en ese miedo voy caminando de a poquitos, como un niño que aprende a caminar. Ya hago “solitos”, que es mucho.

Mi libertad es con los otros, no porque me sienta incompleto, sino porque tengo la certeza que con los ajenos es mejor y aunque tal vez ya no quepan todos, tengo una vida por delante que cada vez será más poca  pero que intentaré vivirla con las fuerzas que me queden…

 

 

 

Mauricio Lievano

“Me gustan los juegos de palabras. En realidad más los juegos que las palabras”. Fundador de Atardescentes

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