Hay un tipo que aparece en casi todas las reuniones. Habla de la crisis de los bonos del Tesoro como si fuera su trabajo, luego se pasa al fallo reciente de la Corte Constitucional, después al efecto de los ultraprocesados en el microbioma intestinal y, para el postre, remata con por qué Colombia debería cambiar su modelo de reserva monetaria. Nadie le preguntó. Nadie lo contrató para eso. Pero ahí está, con esa seguridad curiosa que solo tienen quienes no saben lo suficiente como para reconocer cuánto les falta.
Eso tiene nombre. Varios, en realidad. En el lenguaje de la psicología social se conoce como el efecto Dunning-Kruger: el fenómeno por el cual las personas con menos conocimiento de un tema tienden, de forma casi matemática, a sobreestimar su competencia. No es maldad ni soberbia deliberada. Es que quien sabe poco tampoco tiene las herramientas para medir lo que ignora. El que realmente entiende de biología molecular suele hablar con más cautela, no menos, precisamente porque sabe el tamaño de lo que no sabe. La seguridad, aquí, va inversamente proporcional al saber.
Pero el fenómeno en sí —esa cultura de opinar de todo con igual entusiasmo, sin importar si uno tiene o no formación en el asunto— tiene un nombre más cotidiano: opinología. Y conviene ser claros: no nació con Twitter ni con TikTok. Tiene historia larga, raíces profundas, y un árbol genealógico que empieza bastante antes de que existiera el scroll infinito.
Platón ya estaba fastidiado con esto. En la Grecia clásica distinguía con cierta impaciencia entre dos tipos de conocimiento: la doxa —la opinión común, ruidosa, superficial, del vulgo reunido en el ágora— y la episteme, el conocimiento verdadero, ganado con rigor y método. Lo interesante es que el ágora ateniense era, en el fondo, el primer gran foro de opinión pública de Occidente: un espacio donde los ciudadanos libres debatían política, moral y asuntos comunes, con o sin preparación para ello. La democracia griega, en su versión más radical, contenía desde el principio esta tensión entre la legitimidad del número y la legitimidad del saber.
Durante siglos, la Edad Media apagó bastante ese ruido. No porque la gente fuera más prudente, sino porque la mayoría era analfabeta y la legitimidad del poder venía de Dios y de la sangre, no del debate colectivo. Las opiniones que contaban eran las de nobles, clérigos y letrados, y circulaban en espacios cerrados. El resto del mundo, sencillamente, no tenía tribuna.
Eso empieza a cambiar en los siglos XVII y XVIII, cuando aparece algo que todavía hoy tiene consecuencias enormes: la prensa, los salones literarios, los cafés. En ese contexto nace la expresión opinión pública tal como la usamos hoy. Jean-Jacques Rousseau la usa en 1750, en su Discurso sobre las ciencias y las artes, para referirse al juicio colectivo de la sociedad. El Oxford English Dictionary registra el término en inglés en 1781. Pero lo que importa no es la fecha exacta sino la idea que trae consigo: que la voz de los ciudadanos —cualquier ciudadano con cierta ilustración— puede y debe interpelar al poder.
Los cafés y las tertulias del XVIII son, en ese sentido, el antepasado directo del timeline de hoy. Ahí cualquiera con un poco de lectura encima podía meterse a debatir política, ciencia, moral, religión, economía. No era obligatorio ser experto. La participación misma era el valor. Y los ilustrados —Montesquieu, Locke, los fisiócratas franceses— le fueron dando a esa práctica un barniz filosófico respetable: el ciudadano moderno debe formarse una opinión sobre lo público. Opinar se convirtió en un gesto cívico, casi en una obligación moral.
Con la expansión de la prensa de masas en el XIX, la opinión se volvió un producto cultural con mercado propio. Aparecieron los columnistas, los editorialistas, los conferencistas y los clérigos que escribían de todo —política exterior, reforma moral, costumbres familiares, avances científicos— para públicos amplios, sin que nadie les exigiera especialización en cada tema. La figura del hombre de letras era, por definición, alguien que opinaba sobre el mundo entero desde una perspectiva general. El periodismo de opinión le dio estructura institucional a ese hábito.
En el siglo XX, la radio y la televisión ampliaron aún más ese espacio. El tertuliano —esa figura tan española y tan latinoamericana— se profesionalizó: alguien que va de programa en programa hablando de economía, fútbol, política y farándula con el mismo tono de autoridad. La formación crítica quedó como valor secundario frente a la fluidez, la presencia y la capacidad de llenar el silencio con seguridad.
Y entonces llegaron las plataformas digitales. Y aquí sí hay un salto cualitativo.Las redes sociales no inventaron la opinología. Pero hicieron tres cosas que cambiaron su naturaleza. Primero, la democratizaron radicalmente: antes había que tener acceso a una columna, a una tribuna, a una emisora. Ahora cualquiera con un teléfono puede publicar su análisis del conflicto en Oriente Medio o su diagnóstico de por qué fracasó el gobierno de turno. El acceso ya no filtra. Segundo, las plataformas están diseñadas —con algoritmos de por medio— para amplificar las opiniones más extremas y emocionales, porque esas generan más interacción. No premian el matiz. Premian el grito.Y tercero —quizás lo más sutil— instalaron una nueva norma social: quien no opina públicamente sobre los grandes temas del momento parece menos comprometido, menos informado, menos presente. Decir “no sé” se percibe como debilidad o como indiferencia. El silencio inteligente, la prudencia del que reconoce sus límites, quedó fuera de moda. La participación —cualquier participación— se confunde con ciudadanía activa.
Ahí se cierra el círculo. Las comunidades digitales funcionan como burbujas donde las mismas ideas circulan y se reafirman entre sí, y el opinólogo percibe que su punto de vista es el mayoritario o el más razonable, aunque esté completamente desconectado de la evidencia. El efecto Dunning-Kruger se multiplica en escala industrial.
Hay una diferencia —la señalan la socióloga de sillón y también la de cátedra— entre tener una posición y opinar de todo. Tener una posición implica haber pensado, haber dudado, conocer los propios límites y, en muchos casos, tener la disciplina de no hablar sobre lo que uno no domina. Es compatible con decir “sobre ese tema específico, no tengo suficiente información para opinar con rigor”. Eso no es cobardía intelectual. Es honestidad.
La opinología sin criterio, en cambio, se mueve principalmente por otro tipo de necesidades: reconocimiento, pertenencia a un grupo, posicionamiento simbólico. Uno habla para ser visto, para ganar el debate, para encajar en una identidad colectiva —nacional, ideológica, generacional— más que para aportar algo sustantivo. Y cuando eso se vuelve norma, hay un efecto secundario preocupante: el conocimiento especializado pierde valor. Si cualquier opinión merece el mismo espacio, el experto queda al nivel del cuñado universal. La expertise se vuelve sospechosa, o simplemente irrelevante.
No es un problema menor. Es una de las razones por las que cuesta tanto, en el debate público contemporáneo, distinguir entre lo que se sabe y lo que se cree, entre el dato y la intuición, entre la evidencia y el prejuicio bien articulado. Cuando todos hablan con la misma seguridad, el ruido se vuelve indistinguible de la señal.













