Hay una cosa curiosa con los himnos: nadie los decreta. Aparecen, y punto. A mediados de los ochenta, un joven que trabajaba de lo que fuera en Nueva York ,lejos de su Valle del Cauca, se puso a llorar sin más aviso. Lloraba por las montañas. Lloraba por lo que no tenía. Jairo Varela lo vio y, en lugar de darle la espalda o un consejo barato, agarró un papel. Así nació “Cali Pachanguero”. No en Cali, sino en el exilio de quien ama a Cali.
Eso es lo primero que hay que entender del Grupo Niche: que su geografía sentimental nunca coincidió del todo con su geografía real. La orquesta nació en Bogotá en 1979, de un puñado de músicos chocoanos que habían llegado a la capital porque Quibdó no tenía conservatorio, no tenía sello discográfico, no tenía nada de eso que el país le debía al Pacífico y no le pagaba. Varela y Alexis Lozano se encontraron en la carrera séptima —mediados por un guitarrista, como corresponde a las cosas importantes— y comenzaron a imaginar una orquesta que no imitara a Nueva York ni copiara a Puerto Rico. Una orquesta que sonara a ellos.
El nombre mismo lo dice todo. “Niche” era una palabra que en Colombia se usaba para señalar, para rebajar, para marcar a las personas negras con el dedo chiquito del desprecio. Varela y Lozano no buscaron otro nombre más amable. Se quedaron con ese, lo limpiaron por dentro y lo pusieron en las marquesinas. Fue una declaración antes de tocar una nota.
El primer disco no pegó. El mercado estaba ocupado por Fruko y sus Tesos, y nadie tenía espacio para unos quibdoseños recién llegados. Pero hubo un puerto que sí los recibió: Buenaventura. Cuando la orquesta tocó fondo —en el sentido más literal— la ciudad del Pacífico los acogió como suyos. Y Varela, que era de esos que pagan las deudas con canciones, escribió “Buenaventura y Caney”. Una crónica de salones de baile, de muelles donde atracaban barcos de todo el mundo, de biche y pargo rojo. Un retrato de la vida que transcurre sin permiso en los márgenes del mapa.
Con ese segundo álbum, en 1981, el Grupo Niche entró al mundo. En 1982 ya tocaban en Nueva York ante las colonias de colombianos que guardaban su país en la memoria como se guarda una foto en el bolsillo. En 1983 se instalaron en Cali, que los adoptó con esa mezcla de orgullo y apropiación que tienen las ciudades cuando descubren que algo les pertenece aunque no lo hayan hecho.
La Feria de Cali de 1984 los canonizó. “Cali Pachanguero” sonó en todos lados y no paró. Décadas después, la revista Billboard la pondría en el puesto 27 entre las cincuenta mejores canciones latinas de todos los tiempos. En 2020, miles de personas grabaron videos bailándola simultáneamente y rompieron un récord Guinness. Una canción escrita en la nostalgia de un emigrante, convertida en el pulso colectivo de una ciudad.
El 87 llegó a romper todo. Los músicos, hartos de ganar poco mientras la orquesta llenaba estadios, pidieron más dinero. Varela dijo que no. Se fueron casi todos. Hasta sus amigos. Hasta los que habían construido el sonido con él. Formaron “Los Niches” y Varela tuvo que cancelar la Feria. Dicen que lloró. Es fácil imaginarlo: no lloraba por el negocio, lloraba por la traición, que es una cosa distinta y peor.
Pero al año siguiente sacó Tapando el hueco. El título era la respuesta. Reclutó músicos nuevos, puso a Tito Gómez al frente —quizá la voz más portentosa que ha tenido la orquesta—, y no solo tapó el hueco: construyó encima. En 1989 tocaron en Lima ante algo que las fuentes describen eufemísticamente como “un millón de personas”. Para una orquesta de salsa colombiana, eso no tiene precedente.
El 90 fue el año de Cielo de tambores. Los que saben de esto dicen que es el disco más importante que ha producido Colombia en salsa. Varela grabó en una máquina Sony de 24 canales que costó 250.000 dólares y que era de las pocas en su tipo en América Latina. Cada detalle era intencional. “Busca por dentro” la escribió en un avión, después de que su esposa lo increpó por estar siempre trabajando. La convirtió en una canción sobre la dificultad de decir lo que uno siente. Que era, en el fondo, lo que él vivía.
Jairo Varela murió el 8 de agosto de 2012. Tenía 62 años y se fue de un infarto en su casa de Cali. El funeral duró cuatro días. La ciudad salió a la calle como cuando muere alguien que le pertenece a todo el mundo.
Lo que vino después sorprendió a quienes creían que sin él no había Niche. Su hija Yanila tomó las riendas. José Aguirre asumió la dirección musical. Y en 2021, la orquesta ganó el Grammy —el anglosajón, el de la academia— al mejor álbum latino tropical. Fue la primera orquesta de salsa colombiana en lograrlo. Varela no alcanzó a verlo. Pero el sonido que él construyó ladrillo por ladrillo, músico por músico, canción por canción, estaba ahí.
Hoy existe un museo en Cali con su nombre. Ahí está el piano que le regaló su comadre, la máquina donde grabó Cielo de tambores, los trajes que usó en el Madison Square Garden. Y hay algo más: aproximadamente cien cintas master originales, rescatadas del tiempo. El sonido de un pueblo que aprendió a enorgullecerse de sí mismo, conservado en bobinas de dos pulgadas.
Todo empezó porque dos músicos chocoanos se encontraron en una esquina de Bogotá y decidieron que “niche” podía significar otra cosa. Esa es, en su forma más simple, la historia de cómo se cambia un país.











