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Los inquilinos de su propio matrimonio

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La noche en que decidieron separarse, Marlene sacó la calculadora del cajón de la cocina —esa vieja Casio solar que solo funciona bajo el bombillo de la estufa— y se puso a sumar. Édgar, sentado al otro lado de la mesa con la camisa desabotonada hasta el tercer botón, esperaba el veredicto con la misma cara que ponía hace treinta años cuando ella revisaba el extracto bancario después de un fin de semana suyo en Girardot.

Con tu pensión y mi mesada de la universidad —dijo Marlene sin levantar la vista—, nos alcanza para un cuarto en Chapinero. Cada uno. No juntos.

—¿Un cuarto?

—Un cuarto con baño compartido, Édgar. Bogotá no perdona.

Así de sencillo, así de indigno: cuarenta años de matrimonio, tres hijos criados, un apartamento en Teusaquillo que valía —según la última finca raíz que les tocó ver por curiosidad morbosa— casi mil millones de pesos, y ninguno de los dos con la liquidez para pagarle un mes de arriendo a un desconocido. La separación, esa palabra que llevaban meses masticando como quien mastica un chicle sin sabor, se les quedó atorada entre los dientes por culpa de la aritmética. No fue el amor lo que los frenó. Fue el UVR, el estrato, el maldito interés compuesto.

Decidieron entonces lo único razonable: seguir viviendo bajo el mismo techo, pero como dos desconocidos que comparten un contrato de arrendamiento sin haberse elegido. Dividieron el apartamento con una precisión que habría enorgullecido a cualquier negociador de Naciones Unidas. La sala, zona neutral. El cuarto principal, de ella. El estudio, convertido en alcoba de él, con un colchón inflable que se desinfla cada madrugada como si tuviera opiniones propias sobre el asunto. La nevera, repartida por baldosas: arriba lo suyo, abajo lo de él, y una advertencia escrita con marcador en un post-it que decía “NO TOCAR” y que ninguno de los dos respetó jamás.

Lo curioso —y esto Marlene se lo confesó después a su amiga Consuelo, entre risas que sonaban más a asombro que a alegría— es que ahí, en ese apartamento partido en dos como una naranja mal repartida, empezaron a hablarse de verdad por primera vez en años.

Ya no tenían que fingir un matrimonio. Ya no había papel que sostener frente a los hijos, frente a la familia, frente a esa idea abstracta de “pareja consolidada” que tanto pesa después de los cincuenta. Estaban ahí simplemente porque no había de otra, y esa obligación —tan poco romántica, tan de finca raíz bogotana— los desnudó de un modo que ningún terapeuta de pareja logró en quince años de sesiones esporádicas.

Una noche, Édgar entró a la cocina en calzoncillos a buscar agua y se encontró a Marlene sentada en la oscuridad, comiéndose un pandebono a las once de la noche, con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no sabe si contar.

—¿Qué haces despierta?

Pensando en que ya no te tengo miedo —dijo ella, y se rió, sorprendida de su propia frase—. Antes me daba miedo decirte las cosas. Ahora qué más da. Ya nos vamos a separar.

Pero no nos hemos separado.

—No. Pero ya decidimos que sí. Eso me hace libre.

Édgar se quedó parado ahí, con el vaso de agua a medio llenar, entendiendo algo que no supo nombrar en ese momento pero que reconoció, semanas después, cuando la buscó en la oscuridad del pasillo sin ninguna excusa razonable para hacerlo. No fue un gesto planeado. No hubo vela ni Nina Simone de fondo, esas coreografías de la seducción tardía que uno ve en las películas gringas. Fue más torpe que eso, más real: dos cuerpos que llevaban décadas conociéndose de memoria y que, de pronto, sin el peso de “tener que quererse”, volvían a mirarse con la curiosidad sucia de quien no tiene nada que perder.

Lo incómodo —porque toda historia honesta tiene su parte incómoda— es que a la mañana siguiente ninguno supo qué decir. Marlene se levantó primero, se hizo un café, y actuó como si nada, lo cual, a los sesenta y dos años, es una forma de cobardía perfectamente digna. Édgar, por su parte, se sintió idiota, como un adolescente que folló y ahora no sabe si debe llamar. Cuarenta años de matrimonio y ahí estaban, jugando a las adivinanzas del deseo, algo que ni siquiera hicieron cuando eran novios en la Nacional, porque entonces el deseo venía con instrucciones: noviazgo, boda, hijos, deuda hipotecaria.

Pasaron los meses. La separación, como todo trámite bogotano, quedó atascada en su propia burocracia emocional. Fueron una vez a ver un apartaestudio en Chapinero Alto que olía a guardado y costaba lo que ninguno de los dos tenía. Volvieron caminando, sin hablar, y en algún punto de la carrera Séptima Marlene le agarró la mano a Édgar, no por amor —insiste ella, cuando cuenta esto— sino porque hacía frío y porque ya no le importaba lo que significara ese gesto.

Hoy siguen ahí. El colchón inflable ya casi no se usa. La nevera sigue dividida por costumbre más que por necesidad, aunque de vez en cuando alguno de los dos cruza la línea del post-it y se come el yogur del otro sin remordimiento, lo cual, en su idioma privado, es la forma más alta de intimidad que existe. No se han vuelto a casar —siguen casados, técnicamente, porque el divorcio también cuesta y ninguno tiene ánimo de pagarlo— ni han hablado otra vez de separarse. Simplemente dejaron el tema ahí, aparcado, como esos trámites que uno posterga hasta que dejan de tener sentido.

Marlene dice que no sabe si lo que tienen ahora es amor o es más bien una tregua bien negociada. Édgar, más simple, dice que no le importa el nombre que le pongan, con tal de que nadie más vuelva a sacar esa calculadora.

Lo que sí saben los dos, aunque no lo digan en voz alta, es que después de cuarenta años fingiendo certezas, terminaron enamorándose otra vez por la puerta de atrás: la de la necesidad, la del arriendo impagable, la de un país que no les dio más remedio que quedarse a mirarse de frente. Y en esa mirada tardía, sin ceremonia ni juramento, encontraron algo que el matrimonio, con toda su solemnidad, nunca les había dado: el permiso de no tener que quedarse.

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