Yo en realidad no duermo bien, lo que no quiere decir que no tenga sueños. Esta semana ha sido particularmente dura con el tema del insomnio, hasta el punto que ya no sé si me estoy convirtiendo en un murciélago. O en búho.
Afuera sigue oscuro. Tal vez un lloriqueo lejano de un niño haciendo pataleta porque la mamá lo levanta para ir al colegio. Un ladro perra. Un maullido gata. Toda las vueltas he dado noche. No tengo ganas de nada. En realidad, no es que tenga un propósito claro en la vida, lo que no deja de ser un despropósito para alguien como ya que necesita de una tabla a la cual aferrarse. Tan sólo motivos, que a la larga me alcanzan para levantarme cada día.
Desnortado, tal vez. Desexistente, de pronto. Nadante, seguro. Vagavida, fijo. Un eterno calambur que me empuja a caminar una utopía incandescente sin tener claro la playa donde algún día llegaré. ¿Llegaré? No sé, como no sabe nadie, porque cuando llego, ya me estoy yendo hacia otra parte y así, como en un bucle intermitente. Interminable, en realidad.
Tal vez mi propósito en la vida es no tener ningún propósito, sino llenarme de motivos que me abracen. Que me abrasen. Que me hagan vibrar y sentir que estoy vivo. Orgasmitos, mini éxtasis, pequeños clímax, bocaditos de dicha que me permitan mirarme en los espejos. Amar a mis hijas, decirles cada día que las quiero, formar una familia con Kiki, escribir historias que toquen el corazón de algún desconocido, reír con mis amigos, hablar con mis hermanos, ayudar en lo que pueda, no meterme donde nadie me ha llamado, comerme un pan caliente, tomarme un cafecito hirviendo en la mañana.
Cositas simples que me muevan la vida, que la alegren, que me angustien, que me empujen, que me pateen el culo, que me hagan buscar la forma y la manera de crear mis propios relámpagos cuando lleguen las tormentas.
Tal vez lo único que quiero es estar vivo y hacer lo suficiente para que las personas que yo amo me recuerden con cariño cuando se me acaben los motivos y deje, por fin, de respirar.










