A veces viene desde lejos un tufillo, un olorcito nauseabundo que llena mis pulmones a través de las ventanas que dejo abiertas por la noche y por el día. Me emborracha, me aturde, me atonta, me adormece y me perturba. Pierdo mi centro. Suelto el control y se lo entrego a mis hijas, a mis amigos, a mis hermanos, a la mujer que amo, a los demás, a la vida, a Dios. Es la manera bonita de perderme en un bosque encantado. El camino se me pierde, porque la risa se me refunde, porque no encuentro explicación a mis angustias, porque quiero entenderlo todo, porque quiero que todo funcione a mi manera. Todo en mí es caos y confusión. Un desbarajuste y una dosis injusta de anarquía.
Sin embargo, en mi misma mismidad alcanzo a verlo y es entonces cuando me refugio en mis silencios, buscando un poco de paz, un poco de calma, un poco de sosiego, una gotica de serenidad.
Hoy no tengo claro lo que soy, ni lo que quiero. Tengo claro con quien, pero eso no depende exclusivamente de mí. Tengo claro, eso sí, lo que no quiero. No quiero una vida donde dé lo mismo que esté o que no esté. Que estés o que no estés. No quiero una vida con mentiras o con verdades sin decir que es lo mismo que mentir. No quiero una vida sin amor o sin ganas. No quiero una vida sin historias que contar. No quiero una vida donde se guarden los afectos para los días que tal vez nunca llegaran. No quiero una vida perfecta. No quiero una vida donde no pueda caer y levantarme.
Solo debo estar donde soy querido, porque si no es recíproco termina por romperse porque que el amor es una trenza. Confiar en las personas siempre, pero día de por medio. Saber que la poesía no alcanza cuando lo que se necesitan son estrellas, que el que no llora no sana, que todo pasa por algo y todo es algo porque pasa.
Solo me tengo yo. Solo me sostengo yo. Voy solo, aunque en el camino me encuentre a mis hijas, a mis amigos, a mis hermanos, a la mujer que amo, a los demás, a la vida, a Dios. Voy. Solo. Y quiero arder para saber que aún respiro…









