Soy un hincha malísimo. No grito, no me pongo camisetas, no peleó. Ya no lloro ni puteo. Suelo huirle al barullo y a la bulla. No como un acto histérico- o tal vez sí- pero la verdad es que estoy convencido que, con mi ruido propio, me sobra y me basta. ¡Basta!
Me gusta refugiarme en el silencio. Nadie irrumpe y todo parece suspendido. Me escucho sin intermediarios, sin retenes, sin la traducción torpe de las palabras dichas al aire. El silencio no me calla: me revela. Me rebela. Es un espejo sin reflejo, un eco que no repite. Me desnuda.
En ese territorio sin voces ajenas, mis pensamientos dejan de competir y comienzan a respirarse. Y entonces comprendo —no sin cierta incomodidad— que el verdadero estruendo nunca estuvo afuera, sino latiendo, insistente, en esta forma íntima de existir que a veces confundo con el mundo.
Siempre creí que lo mío era timidez. Y no. Era mudez, porque tal vez el silencio es dos voces que se buscan. Introspección, endoscopia espiritual, abstracción intentando comprender, saber un poco más, entender, deducir, para amar con los ojos cerrados y para siempre. Y es que cuando comprendo, sé, entiendo, deduzco, no hay fuerza que pare lo que siento. Soy como el borracho para el que nada es lejos. Como un niño. Como el niño que nunca dejaré de ser.
Lo mío termina siendo un amor taciturno, reservado, exclusivo, melancólico, sin estridencias, con el carnaval por dentro, con ventanas anti ruido para que nadie más escuche los pitos y trompetas, ni las vuvuzelas ni los gritos, ni sientan el aleteo de las mariposas de alto voltaje que a veces queman, que a veces empalagan – sí- como tres cucharadas de arequipe alpina seguidas. Un amor, una agüita de romero y tilo, que no cura pero que sana, una sonrisa a tiempo, una lágrima compartida, un miedo acompañado, una conversación sin apresurar respuestas, una oración que solo Dios conozca, un pandeyuca y medio, una pastillita de Jumbo Jet, una palabra que te diga lo bonito que es tenerte cada día, un insomnio bien administrado que termina en dos orgasmos, un empute y un perdón, un despertar tomados de las manos, un chiste que nadie más entienda. En fin, un amor que nadie más comprenda, un amor que no se esconda, pero tampoco necesite la proclama ni la fotico de Instagram.
Esa es tal vez la razón de mi aparente silencio, porque tal vez mis palabras solo hablan para quien quiera escucharlas. El resto se morirá de tedio y de aburrimiento esperando el ruido de hincha que nunca llegará.



