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Ella se fue un día

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El jueves en la mañana todavía había dos tazas en el escurridor. El viernes ya no estaba.Así de simple. Así de brutal. Sin carta, sin pelea final, sin la cortesía mínima de un portazo. Bernardo descubrió el vacío por un detalle estúpido: su crema dental. Elena usaba una diferente —sin flúor, por alguna convicción que él nunca entendió del todo— y esa mañana solo estaba la suya. Un tubo de Colgate como certificado de abandono.

Tenía cincuenta y ocho años. Había sobrevivido un matrimonio de veintidós años, dos hijos que ya no lo necesitaban demasiado, una crisis de los cuarenta que en su caso llegó a los cuarenta y siete —tarde, como casi todo en su vida— y la muerte de su madre, que fue la primera vez que entendió realmente que nadie se queda para siempre. Pensó que ya sabía cómo se perdían las personas. Pensó que uno aprende eso.O no.

Elena tenía cincuenta y cuatro. Llegó a su vida por el camino más prosaico posible: Instagram. Bernardo nunca supo bien cómo funcionaba el algoritmo. Lo que sí supo, desde el segundo capuchino en ese restaurante del norte de Bogotá donde quedaron la primera vez, era que Elena tenía una manera de escuchar que lo descolocaba. No fingía atención. Simplemente prestaba atención, que es algo completamente distinto y cada vez más escaso.

Hablaron de los hijos, claro. De los ex, con esa cautela diplomática que uno desarrolla después de los cincuenta para no parecer ni amargado ni ingenuo. Hablaron de música —ella, Silvio Rodríguez; él, los Beatles con cierta vergüenza previsible— y en algún momento de la noche, sin que ninguno lo propusiera, terminaron hablando de la muerte. No con drama. Con la naturalidad rara de dos personas que ya han tenido esa conversación con el espejo y prefieren tenerla con alguien.Ella quería que él la acompañara. No dijo nada. El tampoco. Ni lo uno, ni lo otro.

Fue una buena noche. Bernardo llegó a su apartamento y no supo si lo que sentía era alegría o miedo. Probablemente las dos, que es la única combinación honesta cuando uno ya sabe en qué puede terminar esto.

Estuvieron juntos siete meses. No vivían juntos —ninguno de los dos quería eso, o eso dijeron, que es distinto— pero Elena aparecía los miércoles y los fines de semana con una bolsa de tela que siempre tenía la misma ropa, como si preparar el equipaje fuera un acto que prefería no hacer consciente. Cocinaban juntos sin dividir el trabajo, lo que significa que chocaban constantemente frente a la estufa y que la cocina quedaba siempre hecha un desastre. Dormían bien. Eso, a esta edad, no es un detalle menor.

Bernardo empezó a reconocer sus señales. El tono ligeramente monosilábico cuando algo le molestaba. El silencio diferente de sus silencios normales —Elena era de silencios, pero los tenía catalogados— que antecedía una conversación incómoda. La forma en que ordenaba los libros que llevaba, siempre apilados por tamaño, nunca por tema, lo que a él le parecía un sistema absurdo que, sin embargo, le terminó resultando entrañable.

¿Hubo señales de que se iba? Sí. En retrospectiva siempre las hay. El problema es que en retrospectiva uno también ve señales de que se quedaba, y esas también estaban.

El momento incómodo —el que Bernardo tardó más en contarse a sí mismo— fue una noche de octubre. Habían ido a la presentación de un libro de un amigo común, uno de esos eventos donde la gente habla en voz baja y toma vino malo con actitud de estar tomando algo importante. En el taxi de regreso, Elena dijo algo que en ese momento él descartó como cansancio: *”A veces pienso que me inventé una versión tuya que no existe.”*Bernardo hizo lo que hacen los hombres de su generación cuando no saben qué responder: se rio y cambió el tema. No por crueldad. Por ese reflejo viejo de protegerse de lo que duele antes de entender qué duele.Nunca retomaron esa conversación. Él lo olvidó esa noche. Ella, evidentemente, no.

Lo que más le cuesta aceptar no es la ausencia. Es la gramática de la despedida. Irse sin decir nada es, en cierta forma, una frase que no termina. Y Bernardo, que pasó décadas editando textos ajenos —trabajo periodístico, trabajo invisible— tiene una relación casi física con las frases incompletas. Lo irritan. Lo persiguen.

Buscó explicaciones donde siempre se buscan: en el último mes, en lo que dijo, en lo que no dijo, en esa cena donde estuvieron los dos con pocas palabras y él pensó que era el cansancio del miércoles. Habló con su amigo Jaime, que tiene la virtud de escuchar sin aconsejar, y con su hija, que aconseja sin escuchar, lo cual también tiene su utilidad. No habló con nadie más porque a los cincuenta y ocho uno ya sabe que el duelo público tiene un costo que hay que pensarse.

Hay una cosa que no le ha dicho a nadie: a los tres días de que Elena se fue, Bernardo ordenó su biblioteca. Puso los libros por tamaño. Estuvo mirándolos así como veinte minutos. Después los volvió a poner por tema, que es como siempre los ha tenido.

No sabe por qué lo hizo. O sí sabe, pero es el tipo de saber que prefiere no volverse frase.

Han pasado cuatro meses. El escurridor tiene una sola taza.Bernardo no está destrozado.El drama no fue no haberla olvidado sino no haber aprendido a suspirar. Eso también es una forma de pérdida —la de la época en que uno se destrozaba de verdad— pero no lo dice en voz alta porque suena a resignación y no es exactamente eso. Es más bien que uno llega a cierta edad con una infraestructura de dolor ya construida, y los nuevos dolores encuentran su lugar sin demoler el edificio.Lo que sí tiene es una pregunta que no se va: ¿se fue de él, o se fue de la versión que ella había construido? Son preguntas distintas y las dos duelen de manera distinta.

Hay noches —los miércoles, sobre todo— en que Bernardo piensa en mandarle un mensaje. No para recuperarla. Solo para preguntarle. Para darle cierre a esa frase que quedó en el taxi de octubre, incompleta, con su punto suspensivo flotando.

Todavía no lo ha hecho.

 

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