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Los jefes de la casa

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Mauricio Liévano

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BUEN VIVIR

En Colombia, más de cuatro millones de familias comparten su techo con un gato. No es una moda. Es, dicen los sociólogos, la reconfiguración silenciosa de lo que entendemos por hogar —y por familia.

Doña Clemencia le llegó el gato un martes, sin anunciarse, por debajo de la puerta del parqueadero. Era un tigrado flaco, con una oreja mordida y una expresión de quien ya lo había visto todo. Lo bautizó Simón , le puso un plato de arroz con pollo —lo que había— y se sentó a mirarlo comer. Eso fue hace tres años. Hoy, Simón duerme en la almohada derecha de una cama doble que Doña Clemencia ocupa sola desde que sus hijos se fueron a vivir a Soacha. “Él me da los buenos días”, dice, y no hay melancolía en eso. Hay otra cosa.

Hay algo que en Colombia costó tiempo nombrar, pero que el DANE empezó a vislumbrar en sus propias cifras: el gato llenó un lugar. No el de los hijos —eso sería reducirlo demasiado— sino el del cuerpo vivo en casa. El ronroneo en la tarde, el peso en las piernas, el ritual de poner comida dos veces al día. Los sociólogos lo llaman “hogar multiespecie”. Doña Clemencia lo llama compañía.

Las cifras del DANE muestran que en 2024 nacieron 453.901 bebés en el país, un 12% menos que el año anterior, y en el primer semestre de 2025 la caída siguió: otro 6,6%. Al mismo tiempo, las ventas de productos para mascotas crecieron un 11%. Lo que bajó fueron los pañales: un 9%. Alguien notó el cruce de esas líneas y lo nombró con una frialdad clínica que no le hace justicia a la historia detrás. Porque no es que los colombianos hayan elegido gatos en lugar de hijos como quien cambia de canal. Es que el mundo en que viven —los apartamentos chicos, los contratos por prestación de servicios, los horarios imposibles— hizo que los gatos tuvieran más sentido.

En Bogotá, el 40,2% de los hogares tienen mascota, y de esos, casi la mitad convive con gatos. No es un número menor en una ciudad donde el metro cuadrado construido se encoge con cada nueva torre de apartamentos . El gato encontró su nicho exactamente ahí: en esos 52 metros cuadrados donde un perro se angustiaría y un ser humano aprende a doblar el tiempo libre.

Pero sería inexacto decir que el gato triunfó solo por practicidad. Eso sería como decir que uno se enamora por conveniencia geográfica. La ciencia tiene algo que agregar, y es más raro de lo que parece: acariciar a un gato baja el cortisol y sube la oxitocina —la misma hormona que produce el abrazo de un hijo, el contacto piel con piel. Las investigaciones indican que vivir con un gato puede reducir hasta en un 30% el riesgo de morir por infarto. Y el ronroneo —ese motor pequeño y constante que tienen en el pecho— vibra entre 20 y 140 hercios, una frecuencia que al parecer ayuda a sanar huesos y tejidos. La evolución construyó sin querer un animal terapeuta.

El gato colombiano por excelencia es el criollo: mestizo, sin pedigrí, con una historia que empieza en los barcos de la Colonia. Llegaron como control de plagas —los ratones amenazaban las reservas de grano en los galeones— y se quedaron. Se mezclaron libremente, lo que les dio una robustez genética que las razas puras no tienen. El criollo vive entre 15 y 20 años si se le cuida bien.

Hay dos tipos que en Colombia tienen casi rango de mito. El “barcino” —el que tiene rayas verticales, parecido a un tigre diminuto— aparece en el imaginario campesino como símbolo de protección. Algunos dicen que espanta las serpientes. La gata “carey”, con su patrón de manchas negras, naranjas y crema, es casi siempre hembra por razones genéticas ligadas al cromosoma X, lo que le da una especie de aura de rareza que en los refugios, paradójicamente, nadie parece querer. Las carey suelen esperarse más tiempo para ser adoptadas, a pesar de ser, dicen quienes las conocen, animales de una lealtad casi incómoda.

El mito del gato negro sobrevive intacto en varios municipios del país, pegado a nociones medievales que llegaron con los conquistadores y nunca se fueron del todo. En Japón y Escocia, ese mismo gato negro es señal de buena suerte. La superstición, como siempre, dice más de quien la sostiene que del animal que la sufre.

Tener un gato en Colombia en 2025 cuesta plata, y conviene saberlo antes. La adopción en una fundación bogotana ronda entre $50.000 y $150.000 pesos —y generalmente incluye vacunas y esterilización, que en clínica privada sale entre $150.000 y $300.000—. El mes a mes, según la gama de alimentación que se elija, puede ir de $115.000 a $500.000. Al año, una familia promedio destina cerca de $2.650.000 pesos al cuidado de su gato. El sector completo mueve hoy lo que antes movían industrias enteras: se proyectan 6,1 billones de pesos en 2026 solo en el mercado de mascotas.

Han aparecido clínicas veterinarias con especialidades —cardiología, oncología, dermatología— exclusivamente felinas. Y cat cafés en Bogotá donde uno puede tomarse un café de origen colombiano mientras un gato rescatado le camina por los hombros y decide si le tiene confianza. Esos espacios funcionan como hogares de paso: el gato se socializa, pierde el miedo, y el visitante se da cuenta de que ese animal adulto de cuatro años que nadie quería es exactamente lo que necesitaba en casa.

Pero más allá de las políticas y los mercados, lo que está pasando en Colombia tiene una dimensión que los datos no capturan del todo. Es lo que le pasa a un hombre que llega a las ocho de la noche a un apartamento vacío y encuentra, en el corredor, una silueta que lo espera. O a una niña con autismo que por primera vez sostiene contacto visual —no con su madre, no con su terapeuta— sino con un gato gris que se quedó quieto el tiempo suficiente. O a Doña Clemencia, que se levanta a las seis porque Simón Bolívar tiene hambre y eso, en cierta forma, la mantiene en el mundo.

Los sociólogos dirán que Colombia está redefiniendo la familia. Los etólogos hablarán del vínculo interespecie. Los economistas contarán los billones. Pero lo que realmente ocurre es más sencillo y más antiguo: hay seres humanos que necesitan tener algo a quién cuidar, y hay gatos que —con esa mezcla de indiferencia calculada y afecto preciso que los define— decidieron dejarse.

Eso es todo. Y también es bastante.

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