Los recuerdos querían subirse al camión del trasteo. La lucha fue intensa. Quitar dedo por dedo de la carrocería hasta soltarlos. Algunos me habían acompañado desde hace varios años, pero ya era tiempo de desengancharlos, de dejarlos ir. Todos me trajeron hasta acá. Algunos me dolieron, pero la gran mayoría me han hecho muy feliz. Otros, ya son parte de mi, como las pecas de mis manos que cada día se parecen más a las manos de mi madre. Mis libros, mis discos, mis tenis, mis gafas, son tan sólo cosas, cosas que también arrastran recuerdos de personas, de momentos que también se van conmigo porque a donde voy me llevo.
Ya es tiempo de buscar otras ventanas, de mirar otras estrellas, de iluminar otros rincones, de disfrutar otros olores, de escuchar nuevos sonidos, de respirar otros aires, de caminar otros caminos, de conversar con otras sombras, de putear otros fantoches, de mojarme en otras lluvias, de sonreír a otras personas, de saborear otros cafés, de disfrutar un pan caliente diferente, de recordar tus piernas de otra forma, de buscar otras orillas. De vivir la vida como si todo y olvidar como si nada, porque tal vez hay vidas enteras esperando detrás de puertas que nunca he conocido.
Mi alma esperaba esta mudanza. No un trasteo de maletas y camiones, sino una más profunda y silenciosa. La de quien decide abandonar ciertas nostalgias, desempolvar los sueños aplazados y volver a sentir la curiosidad que tenía cuando el mundo todavía aún parecía un infinito.
Tal vez no se trate de ir más lejos. Tal vez baste con volver a mirar. Descubrir que el atardecer de hoy no es el mismo de ayer, que el viento trae historias distintas y que aún quedan canciones capaces de estremecerme sin pedir permiso y cuerpos en los que aún se me permita naufragar.










