Hay una escena que se repite, con variaciones menores, en consultorios de Bogotá, Medellín y Cali. Un hombre o una mujer de unos 57 años entra por primera vez a terapia. Ha tardado semanas, a veces meses, en hacer la cita. Mientras espera en la sala, revisa el teléfono con más atención de la necesaria. Cuando el psicólogo le pregunta qué lo trajo, la respuesta suele ser la misma: “Es que mi hija me convenció“, o “el médico me mandó“, o simplemente, con la mirada hacia otro lado: “Yo no sé muy bien por qué estoy aquí”.Sí sabe. Pero decirlo en voz alta es otra cosa.
Colombia lleva décadas construyendo —con más tropiezos que logros— una conversación pública sobre salud mental. Esa conversación, sin embargo, ha tenido protagonistas muy definidos: adolescentes con depresión, jóvenes adultos agotados, mujeres en crisis. El grupo de los 50 a los 65 años, los atardescentes, ha permanecido en los márgenes de ese relato, como si la edad media fuera una tierra de nadie donde el sufrimiento no tiene nombre propio ni tiene derecho a pedir socorro.
Los números desmienten esa imagen de entereza. Según el Observatorio Nacional de Salud, el 71,9% de los colombianos mayores de 45 años reportan entre uno y tres síntomas de depresión, y más de la mitad admite algún síntoma de ansiedad. Son cifras que se esconden detrás de la fachada de una generación acostumbrada a aguantar —y a llamarle carácter a lo que en realidad es represión.
La vida que se va sin avisar
A los 52 años, Jorge Arbeláez, ingeniero civil retirado de Manizales, empezó a tener lo que él llamaba “rachas raras”. Se despertaba a las tres de la mañana sin razón aparente. Le costaba concentrarse en proyectos que antes lo apasionaban. Dejó de ir al Club los sábados. Su esposa notó que la conversación en la mesa cada vez era más corta.
“Yo pensé que era el colesterol”, dice. “O que simplemente me estaba poniendo viejo”.No era ni lo uno ni lo otro. Era que Arbeláez había pasado de trabajar 10 horas diarias a no tener estructura ninguna en cuestión de semanas. La jubilación, ese hito que la publicidad vende como el premio final de una vida productiva, lo había dejado sin el único andamiaje de sentido que conocía.
En Colombia, la jubilación rara vez llega como liberación. Llega como desalojo. Y el sistema de salud mental, históricamente enfocado en emergencias, no tiene mucho que ofrecerle a quien no está en crisis pero tampoco está bien.
Lo que los clínicos están viendo cada vez más —en consultorios privados, porque el sistema público todavía no da abasto— es que esta generación de atardescentes llega a terapia no cuando toca fondo, sino cuando ya no puede seguir fingiendo que el fondo no existe. El detonante puede ser el último hijo que se va de la casa, un diagnóstico de hipertensión, la muerte de un amigo de la infancia, o simplemente un domingo interminable en que nada tiene sentido y no hay a quién decírselo.
Hablar del “nido vacío” en Colombia es hablar de algo más denso que una frase hecha de libro de psicología. Aquí, la identidad de muchos padres —especialmente mujeres— ha girado durante décadas alrededor de la crianza como propósito central, casi exclusivo. Cuando eso se acaba, no queda un vacío: queda un derrumbe de preguntas para las que nadie preparó a nadie.
“Hay una paciente mía que me dijo algo que me quedó dando vueltas”, cuenta una psicóloga clínica bogotana que prefiere no ser nombrada. “Me dijo: ‘Doctora, yo no sé quién soy cuando no le estoy sirviendo a alguien’“. La mujer tenía 59 años, tres hijos en distintas ciudades, y hacía cuatro meses no dormía más de cinco horas seguidas.
Esa desorientación vital —técnicamente llamada trastorno adaptativo— es uno de los motivos de consulta que más ha crecido en los atardescentes y sin embargo, sigue siendo uno de los menos diagnosticados, en parte porque quienes lo padecen no lo relacionan con salud mental. Lo llaman cansancio. Lo llaman la edad. Lo llaman “cosas de la vida”.
Si la generación millennial tuvo que pelear contra el estigma de la terapia, los colombianos de 50 años en adelante están peleando contra algo más arraigado: la convicción de que pedir ayuda psicológica es señal de debilidad, locura o fracaso moral. Es una creencia que no se desmonta fácil, porque viene empotrada en la identidad.
“A mi generación nos criaron con la idea de que los problemas se resuelven solos o se cargan en silencio”, dice Patricia Ríos, 61 años, administradora de empresas en Cali. “Ir al psicólogo era para los que se volvían locos o para los ricos que no tenían nada mejor en qué gastar la plata”.
Ríos llegó a terapia después de que su médico internista, cansado de verla con dolores de cabeza que no respondían a ningún tratamiento, le dijo sin rodeos: “Usted no tiene nada físico, Patricia. Usted está cargando algo que no es de mi resorte”. Esa conversación, en la que un médico se salió del guion para nombrarlo, fue lo que necesitó para dar el paso.
Es significativo que muchos en este grupo etario lleguen al psicólogo por remisión médica y no por decisión propia. El dolor de espalda crónico, el insomnio persistente, los problemas gastrointestinales sin causa orgánica son, con frecuencia, la forma en que el cuerpo dice lo que la mente no sabe cómo articular. Y los médicos generales, cuando están atentos, descifran esa escritura.
Lo que la terapia puede y lo que no puede
La psicoterapia en atardescentes no funciona igual que en adolescentes, y los profesionales que trabajan con este grupo lo saben. No se trata de reconfigurar una identidad en formación —eso ya pasó—, sino de ayudar a alguien a encontrar continuidad y sentido en medio de una vida que está cambiando de forma irreversible.
El trabajo más frecuente tiene que ver con lo que los clínicos llaman “resignificación”: aprender a ver la jubilación no como un retiro del mundo sino como una reconfiguración del lugar que se ocupa en él. Aprender que el nido vacío no es el fin de la parentalidad sino una versión distinta de ella. Aprender que la enfermedad crónica no cancela la posibilidad de una vida con sentido.
No es trabajo fácil ni rápido. Y tiene sus riesgos.El mayor de ellos, según varios profesionales consultados, no es la terapia en sí sino la calidad de quien la ejerce. Colombia tiene una brecha enorme entre la demanda de servicios psicológicos y la oferta de profesionales bien formados, especialmente fuera de las ciudades principales. En departamentos como el Chocó o el Vaupés, la presencia de psicólogos es prácticamente nula. Y en las ciudades, el mercado privado ha abierto espacios para prácticas que distan mucho del rigor clínico: coaches emocionales sin título, terapeutas que trabajan con técnicas sin respaldo científico, procesos donde la dependencia del paciente hacia el profesional se convierte, paradójicamente, en el objetivo implícito.
La Ley 1090 de 2006 regula la práctica psicológica en Colombia, pero la vigilancia efectiva sigue siendo un terreno pantanoso.Hay un dato que debería incomodar más de lo que incomoda: durante los primeros meses de 2025, los suicidios de adultos mayores en Colombia aumentaron un 31,2% frente al mismo periodo del año anterior. El principal factor identificado en los análisis preliminares no fue la enfermedad ni la pobreza, aunque ambas jugaron su papel. Fue el abandono. La invisibilidad social de quienes pasaron los 60 sin red de contención ni sentido de pertenencia.
La soledad en esta etapa de vida no es la soledad romántica de la juventud. Es más silenciosa y más devastadora. Es la soledad del que sigue teniendo familia pero ya no tiene lugar claro dentro de ella. La del que fue importante durante décadas y de pronto no sabe para qué sirve.
Colombia no tiene aún una política robusta de salud mental para adultos de mediana edad. Tiene intenciones, tiene normas, tiene programas piloto. Pero la distancia entre el papel y la realidad sigue siendo enorme: el 80% de los usuarios del sistema reporta trámites burocráticos complejos como la razón principal para no iniciar o para abandonar un tratamiento. El 72% de los estratos bajos señala los costos indirectos —transporte, copagos, tiempo— como obstáculos reales.
Lo que sí está cambiando, aunque despacio, es la conversación. Los hijos de esta generación, muchos de ellos ya en terapia ellos mismos, están rompiendo el silencio familiar con más naturalidad. Están diciéndoles a sus padres lo que antes nadie les dijo: que pedir ayuda no es rendirse. Que ir al psicólogo no significa estar loco. Que hay cosas que no se resuelven solas.Y algunos padres —no todos, pero más que antes— están escuchando.
Jorge Arbeláez lleva ocho meses en proceso terapéutico. Todavía no lo llama “terapia” delante de sus amigos del Club. Lo llama “unas consultas que me ayudaron a organizarme”. Pero dice que duerme mejor. Que retomó un proyecto de reforestación que tenía abandonado. Que el domingo ya no le pesa tanto.
A veces el lenguaje va detrás de la experiencia. Y mientras tanto, el cambio ya ocurrió.











