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Rocky cumple 50 años

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Jaime Burgos

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CULTURA

Medio siglo después, el boxeador de Filadelfia sigue en pie. Nosotros, que lo conocimos entre cines de barrio y cintas alquiladas, también.

Hay películas que uno ve y películas que a uno le pasan. Rocky, que este noviembre cumple cincuenta años, pertenece a las segundas, y nosotros lo sabemos bien. Los mayores de nuestra generación teníamos quince años cuando la película se estrenó en Nueva York, y los menores apenas íbamos en brazos. Casi todos la conocimos con retraso, como nos llegaba todo por estas tierras: en un cine de barrio con la copia rayada, en una función de domingo con el proyector echando humo, o años después en un VHS alquilado que alguien ya había visto y devuelto sin rebobinar.Y aun así nos cayó encima como un puño bien puesto.

Lo curioso es que la historia detrás de cámaras es mejor que la de la pantalla. A comienzos de 1975, Sylvester Stallone rondaba los treinta, vivía en un apartamento destartalado y acumulaba rechazos como otros acumulan millas. Tenía tan poca plata que vendió a su perro, un bullmastiff llamado Butkus, por 25 dólares, en la puerta de una licorería. No le alcanzaba para darle de comer. Basta imaginarse la escena para entender de dónde salió el personaje: un tipo con el bolsillo vacío, viendo cómo se lleva a su mejor amigo un desconocido.

El 24 de marzo de ese año, Stallone se sentó a ver la pelea entre Muhammad Ali y un boxeador de Nueva Jersey que nadie conocía, Chuck Wepner. Se esperaba un nocaut en el primero o el segundo asalto. Wepner aguantó hasta el decimoquinto y hasta mandó al campeón a la lona en el noveno. Stallone salió de ahí con una idea metida en la cabeza y se encerró a escribir unas 84 horas seguidas, entre café, cansancio y terquedad.

Lo que vino después es lo que separa una buena anécdota de una leyenda. Los productores Irwin Winkler y Robert Chartoff leyeron el libreto y se entusiasmaron. Le ofrecieron hasta 350.000 dólares por los derechos, una fortuna para alguien que no tenía ni para el arriendo. Pero querían una estrella en el papel, y sobre la mesa pasaron los nombres de Redford, Caan y Reynolds. Stallone dijo que no. Si había película, el que se iba a poner los guantes era él. Cualquiera con dos dedos de frente le habría dicho que estaba loco, y seguro se lo dijeron.

Los productores cedieron, aunque con la condición de achicar todo: un millón de dólares de presupuesto y veintiocho días de rodaje. Con el primer dinero que le llegó, Stallone fue a buscar al hombre que le había comprado a Butkus. Tuvo que pagar bastante más de lo que había recibido, y recuperó al perro. El animal terminó saliendo en la película, como la mascota de Rocky Balboa.

Con tan poca plata, John G. Avildsen y su equipo se rebuscaron lo que pudieron. Usaron la Steadicam, que acababa de inventarse, y gracias a ella la cámara pudo correr al lado de Rocky por las calles de Filadelfia y subir con él los 72 escalones del Museo de Arte. Bill Conti puso la música, y Gonna Fly Now se volvió el himno de todo el que alguna vez ha intentado levantarse de la cama un lunes. Estaban Talia Shire, Burt Young, Burgess Meredith y Carl Weathers, y ninguno parecía actuar, lo cual en el cine vale oro.

En los Óscar de 1977, la película se midió con Taxi Driver, Network y Todos los hombres del presidente, y se llevó tres estatuillas: mejor película, mejor director y mejor montaje. Recaudó más de 225 millones de dólares en todo el mundo. El hombre que no tenía cómo alimentar a su perro quedó convertido en un nombre propio de Hollywood.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros?Mucho. Crecimos en un país que entendía de boxeo mejor de lo que admitía. Los sábados había pelea en la radio y en la tele, y todo el mundo tenía opinión sobre Pambelé, sobre su estilo y sobre sus rumbas. El boxeo era, en esos años, una forma de contar la vida: un colombiano que salía de la nada, se rebuscaba en un barrio difícil y llegaba a campeón del mundo. Cuando apareció Rocky, nadie tuvo que explicarnos el cuento.

Luego vinieron las secuelas, los afiches en las paredes, los vasos con huevos crudos que más de uno intentó tragarse para sentirse invencible (y de los que casi nadie salió invicto) y las carreras mañaneras en las que alguno, tarde o temprano, intentó subir las escaleras de Monserrate con los puños en alto. Eran los años del cine de barrio, del casete grabado con la banda sonora y de la certeza, casi ingenua, de que con esfuerzo se podía llegar lejos.

El final de la película es, en el fondo, lo que más cuenta. Rocky no le gana a Apollo Creed. Pierde. Lo que quería nunca fue el cinturón, sino terminar de pie el decimoquinto asalto para saber que no era un don nadie. A los quince o a los veinte, nosotros veíamos eso y pensábamos que era una película de boxeo. A los cincuenta y tantos entendemos que era una confesión: la vida casi nunca se gana por nocaut, se gana aguantando. Los hijos que se van, los matrimonios que se reinventan o se acaban, el trabajo que se transforma y el cuerpo que ya no responde igual forman un ring bastante parecido al de Filadelfia. Ahí seguimos, en pie, con más cicatrices y mejor humor.

Medio siglo después, el mito sigue vivo. Hay funciones remasterizadas en 4K, conciertos en los que Stallone y Conti se reencuentran frente a una orquesta sinfónica, y hasta una película, dirigida por Peter Farrelly, que recrea los días en que el actor se negó a vender su guion. Hay también una saga entera, la de Creed, que recogió el testigo, y una estatua de bronce al pie de las escaleras que los turistas se disputan para tomarse la foto.

Así que este fin de semana, sin pretextos, volvamos a ver Rocky. Hagámoslo con el volumen alto, con la familia o con nosotros mismos, y dejemos que Gonna Fly Now haga el trabajo. Después cuéntennos dónde la vieron por primera vez, con quién y en qué país de la memoria. Escríbannos en los comentarios o en nuestras redes y compartan este artículo con ese amigo que todavía se sabe de memoria el discurso de Mickey. Aquí, en Atardescentes, seguimos de pie, y todavía nos quedan unos cuantos asaltos.

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