Hay un dato que los atardescentes sueltan en las reuniones familiares cuando algún sobrino se queja de que el wifi está lento: la enciclopedia de la casa se pagó en cuotas, a veces en treinta y seis. Ni el televisor a color ni la nevera exigieron tanta fe. Y todavía hay quien recuerda al cobrador de la editorial golpeando la puerta a fin de mes, con su talonario bajo el brazo, para timbrar la letra correspondiente.
La escena empezaba casi siempre a la hora del almuerzo o al caer la tarde. Llegaba un señor de corbata con un maletín de cuero y adentro, como quien carga una reliquia, un tomo testigo, catálogos en papel satinado y contratos ya impresos. Representaba a Grolier, a Cumbre, a Salvat o a UTEHA, y su misión era convencer a una familia de clase media de que el futuro de sus hijos cabía en doce o veinte volúmenes con filetes dorados. Casi siempre lo lograba. Hacia mediados de los años setenta el salario mínimo andaba entre los 1.200 pesos de 1974 y los 2.580 de 1978, y una colección completa podía costar entre 4.000 y 12.000. Hagan la cuenta: de tres a seis sueldos mínimos enteros. Eso era la inicial de un lote en algunas casas, y aun así la compraban.
Cuando la colección llegaba, ocupaba el mejor estante de la sala y se volvía parte del mobiliario moral del hogar. Estaba El Mundo de los Niños y sus quince tomos con el volumen de la guía para padres, que nadie leía salvo los padres. Estaba la Monitor, la reina de las tareas, con sus fotografías a todo color que parecían de otro planeta. Había quien tenía la Quillet para el bachillerato, con la contabilidad y la química comprimidas en cuatro o seis tomos gruesos, y quien se conformaba con El Tesoro de la Juventud y su inolvidable Libro de los porqués. En las casas de más pretensión, el Espasa o el Larousse hacían de juez supremo en las discusiones de ortografía. Nadie le discutía a un diccionario de esos.
Tocar esos libros tenía sus reglas. Recortar una página era un delito doméstico con castigo asegurado, así que para la cartelera del colegio había que ir a la papelería del barrio por una lámina de papel prensa o copiar la ilustración a mano alzada, con la lengua entre los dientes. Los mapas eran harina de otro costal. El profesor de geografía exigía calcarlos, y el estudiante ponía el papel mantequilla sobre el atlas, lo aseguraba con cinta de enmascarar y se ponía a perfilar cordilleras y ríos con el estilógrafo, sin que le temblara el pulso en el Putumayo. Después venía el resumen en el cuaderno de ferrocarril. No había atajo posible: había que leer el artículo completo, entenderlo y escribirlo con las propias palabras, con subtítulos en tinta roja y negra y una caligrafía que alguien iba a calificar sin piedad.
Y cuando el tema se pasaba de la enciclopedia, que pasaba, tocaba salir de la casa. Para una monografía sobre la Regeneración, para botánica tropical o para literatura hispanoamericana, el estudiante bogotano se echaba al hombro la jornada completa en la Biblioteca Luis Ángel Arango, en La Candelaria. Ahí el asunto era casi litúrgico. En la portería se entregaba el morral, la chaqueta y el paraguas a cambio de una ficha numerada, y solo se pasaba con el cuaderno, un par de lápices y la cédula, que quedaba en prenda hasta devolver el libro. Después venían los ficheros de madera, con sus gavetas de latón y sus fichas amarillas por autor, título y materia, y ahí empezaba el verdadero trabajo de detective: copiar con letra de cirujano cada número y cada letra de la signatura en la papeleta de solicitud, porque un dígito mal anotado significaba otra vuelta completa.
Entregada la papeleta, venía la espera. En algún lugar de los depósitos, que el público nunca veía, los llamados patinadores recorrían kilómetros de estantería buscando el volumen, y la cosa tardaba entre veinte y cuarenta y cinco minutos, más si era tarde de exámenes. Uno esperaba sentado en una mesa larga o de pie junto al mostrador, atento a que dijeran su apellido en voz alta. Adentro mandaba un silencio de convento, y una risa mal contenida se pagaba con un «¡chist!» o con la calle. No había computador ni celular. Las notas se tomaban en fichas de cartulina que terminaban guardadas en cajas de zapatos, y las fotocopias, escasas y carísimas, estaban prohibidas en muchos de los libros viejos, de modo que había párrafos enteros que se copiaban a mano. A las seis o siete de la noche se devolvían los tomos, se recuperaba la cédula y se salía a las calles empedradas con el cuaderno lleno, para pasarlo luego a máquina, a la Olivetti o a la Remington, con su cinta bicolor.
Todo eso dejó huella. Quien creció entre finales de los sesenta y principios de los ochenta aprendió que el conocimiento tenía peso, lugar y precio. Sabía en qué estante vivía el tomo de la B, qué volumen traía la astronomía y cuánto había costado cada cuota. Ese método enseñó paciencia, lectura sostenida y respeto por el lenguaje formal, virtudes que les fueron muy útiles cuando el hipertexto y el buscador llegaron a ponerlo todo patas arriba. De ahí viene, en buena parte, que esta generación haya hecho la transición digital sin perder la cabeza. Aprendió dos veces, y la segunda con la experiencia de saber lo que costaba aprender la primera.
Por eso conviene dejar de hablar de ellos como si fueran un museo. La enciclopedia fue la escuela, pero el aula sigue abierta.









