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Ciao Italia

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Mauricio Liévano

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DEPORTES

Ya se está convirtiendo en costumbre. Por tercera vez consecutiva, Italia se ha quedado por fuera del Mundial de Fútbol.La noche del 31 de marzo en Zenica, una ciudad bosnia que hasta hace unos días pocos italianos habrían sabido ubicar en el mapa, terminó de confirmar algo que muchos ya sospechaban pero preferían no decir en voz alta: Italia ya no es una selección que le dé miedo a nadie.No es una frase hecha. Es un diagnóstico.

Porque Suecia en 2018 podía entenderse como un accidente. Un técnico equivocado, una generación que llegó al final de su ciclo, Buffon llorando en la oscuridad del vestuario de San Siro como imagen de un adiós que nadie quería ver. Dolió, pero el fútbol italiano se dijo a sí mismo que era un tropiezo, que esas cosas pasan. Cuatro años después, Macedonia del Norte —un país sin tradición futbolística relevante, que jugaba su primera gran eliminatoria europea con ribetes épicos— los mandó a casa con un gol en el minuto 92. Eso ya no era un accidente. Eso era un patrón.

Pero aun así, la FIGC se aferró al argumento del contexto. Mancini se fue, llegó Spalletti con sus ideas del Napoli campeón, y por un momento pareció que algo podía cambiar. Luego Noruega los aplastó 3-0 en un partido que en Italia describieron como “humillación”, y Gennaro Gattuso —símbolo, guerrero, leyenda del Milán de los títulos— tuvo que recoger los pedazos.

Gattuso es exactamente el tipo de personaje que uno querría en una película sobre el fútbol italiano: mandíbula cuadrada, mirada de perro bravo, discurso de vestuario que hace que hasta el utilero quiera salir corriendo a matar. El problema es que el fútbol se juega en el campo, y en el campo Bosnia llegó al empate en el minuto 79 después de que Alessandro Bastoni viera la roja en el 41. Jugar con diez hombres durante más de una hora con la clasificación al Mundial en juego no es un escenario que ningún entrenador quiera, pero tampoco uno del que Italia debería salir perdiendo en penaltis.Salió.

Francesco Pio Esposito y Bryan Cristante erraron. Bosnia ganó 4-1 en la tanda. Y por tercera vez consecutiva, la nación que inventó el catenaccio, que tiene cuatro estrellas en su camiseta, que le enseñó al mundo entero a defender y a sufrir con elegancia, se quedará viendo el Mundial de 2026 desde el sofá.

Hay una estadística que circuló mucho en las últimas horas y que vale la pena detenerse a considerar: en la Serie A, solo el 33 por ciento de los jugadores son italianos. No el 33 por ciento de los titulares, no el 33 por ciento de los que rinden mejor. El 33 por ciento del total. En la Bundesliga esa cifra es del 41,5 por ciento. En la Ligue 1, del 37,5. Lo que esto significa, en términos prácticos, es que el ecosistema donde los jugadores italianos deberían formarse, competir y crecer está saturado de extranjeros de nivel medio que no elevan la liga pero sí ocupan el espacio donde debería respirar el talento local.

El negocio también está roto. La Juventus tiene una deuda neta cercana a los 300 millones de euros. El Inter supera los 248. La AS Roma gasta en deuda más del doble de lo que factura. En ese contexto, los clubes italianos sobreviven vendiendo jugadores —casi 1.030 millones en plusvalías en la última temporada— y comprando mediocres baratos de mercados secundarios. No es una liga. Es una bodega de liquidación.

Los estadios, además, siguen siendo municipales en su mayoría. Solo cuatro clubes tienen recintos propios que funcionan como negocios modernos. El resto paga alquiler al municipio, no puede reformar ni un baño sin tres años de burocracia, y observa cómo las diferencias de ingresos con la Premier League crecen cada temporada hasta volverse insalvables.

En medio de todo esto, Italia tiene que encontrar un delantero centro. Porque esa también es la historia de estos años: la sequía de un nueve de verdad. La solución temporal se llama Mateo Retegui, máximo goleador de la Serie A la temporada pasada con 25 goles, criado en Argentina, con abuelos italianos, naturalizado a la velocidad que permiten las reglas de la FIFA. Funciona, rinde, convierte. Pero es exactamente el tipo de solución que resuelve el síntoma sin tocar la enfermedad.

La esperanza del sistema se llama Francesco Camarda. Tiene 17 años, juega en el Milán, y en el Euro Sub-17 hizo cosas que recordaron —con todo el peso que esa comparación tiene en Italia— a los grandes delanteros de otras épocas. Pero la historia del fútbol italiano también está llena de jóvenes que prometían y que el sistema terminó tragándose: Simone Pafundi, Moise Kean, nombres que en su momento fueron “el futuro” y que luego se diluyeron en préstamos, lesiones y decisiones equivocadas.

Gianfranco Zola, de 62 años, lidera desde la Lega Pro una reforma de las categorías inferiores que lleva su nombre y que busca, entre otras cosas, aumentar hasta un 400 por ciento las primas a los clubes que apuesten por jóvenes propios. Para 2028-29, cada equipo de Serie C deberá tener al menos ocho jugadores formados en casa. Son medidas razonables. El problema es que razonables no es lo mismo que suficientes, y el fútbol no espera a que las reformas maduren.

Gabriele Gravina, presidente de la FIGC, sigue en su cargo. Eso también es una noticia, aunque no necesariamente buena. Ha prometido que el foco estará en 2030, que habrá continuidad, que las reformas siguen adelante. Algunos lo llaman resiliencia. Otros lo llaman no tener autocrítica. Probablemente ambas cosas sean ciertas al mismo tiempo.

Lo que nadie discute es que Italia está, por primera vez en su historia, construyendo una relación incómoda con su propia irrelevancia en los mundiales. Tres ausencias consecutivas no son una estadística. Son una generación de niños italianos que nunca vio a su selección en una Copa del Mundo. Que creció siguiendo el tenis, el voleibol, las cosas que sí gana Italia. Que cuando alguien menciona la Azzurra no piensa en glorias sino en penaltis fallados en Zenica, en goles de Macedonia en el 92, en Ventura mirando el campo sin entender nada.

El camino a 2030 existe. Tiene nombre, tiene reformas, tiene jóvenes prometedores y técnicos con ideas. Pero Italia ya ha recorrido antes ese camino y ha terminado igual.La diferencia esta vez es que ya no puede llamarlo accidente.

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