En una mano yo llevaba una paleta Drácula que sabía le gustaban. En la otra, una maleta. Walter, o don Carlos, me habían anunciado, aunque ya me conocían. Era un ritual casi litúrgico que repetíamos cada vez en forma más seguida. Ellos siguiendo el protocolo y yo intentando hacerme el conocido. Timbré. Kiki me abrió. Me miró como hace siempre, pero esta vez su cara de sorpresa fue por la maleta. Me reí. No venía a quedarme, pero tal vez sí, a dejarme un pedacito. Nos comimos la paleta.
Poco o mucho. No importa. He venido perdiendo la noción del tiempo y ya no sé si es demencia o simple traga maluca. Quizá enamorarse de nuevo se parezca a un fractal: una figura que repite su forma en escalas cada vez más pequeñas, como si dentro de cada encuentro existiera, diminuto, el dibujo del encuentro definitivo. Cada despedida contiene otra despedida, cada mirada anticipa otra mirada, cada abrazo guarda en secreto todos los abrazos que todavía no nos hemos dado. Como una pequeña matrioska rusa. O como un kínder sorpresa. Como ese billete que encontramos en el bolsillo olvidado de un viejo abrigo.
Desde que nos vimos nos hemos venido conociendo así. Por aproximación, por acercamiento, por arrimos, por arrumes, por arrumacos, por arrimones, por arrejumes, por arrunches y una tarde de agosto, también por arreboles. Repitiendo el gesto de acercarnos y alejarnos, de mostrarnos y escondernos, de perder una pequeña parte de nosotros mismos para encontrarnos un poco más y dibujar la forma de un nosotros. En su casa o en la mía. Nos da lo mismo porque lo que importa es el encuentro. Pero también las despedidas que son como morirse a pedacitos o como dice Galeano, pequeña muerte como llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos empieza. Pequeña muerte la llaman, pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nace.
Cada día más me cuesta despedirme, aunque cada ausencia sea el camino para una vida verdadera. Cuando nos despedimos en la puerta o en la calle, me voy con un pedacito de ella. Una mirada, una frase, un olor, una pregunta sin responder. Tal vez una duda, tal vez creer que no es posible. O sí. La despedida dura apenas unos segundos, pero empieza inmediatamente el deseo de volvernos a encontrar. Nos despedimos para empezar a extrañarnos, para seguir siendo, para seguir estando, porque tal vez hemos aprendido, de a poquitos, qué hacer con nuestras manos, con nuestros labios, con nuestros silencios, con nuestras rabias, con nuestros miedos, con nuestros rotos y remiendos.
De pronto esto que siento cada vez que me despido, sea como una oruga muriendo para volverse mariposa, pequeñas muertes, trochas y veredas para no tener que irme nunca más. Como un fractal que se repite y se repite en un bucle interminable…










