Los dos estuvieron a punto de deslizar hacia la izquierda. Él pensó que ella sonreía demasiado para ser auténtica. Ella creyó que él tenía cara de profesor aburrido. Sin embargo, un error en la aplicación hizo que terminaran conversando. La primera noche no hablaron de sus logros, ni de sus divorcios, ni de sus hijos. Se dedicaron a burlarse de las absurdas preguntas que hacen las aplicaciones de citas.En realidad, se burlaban silenciosamente y casi en forma cínica de ese absurdo ritual de decirse sin decir, de auscultarse sin ser obvio, de lo politicamente correcto, de lo profundamente aséptico, de lo terriblemente esterilizado que resultaban esas charlas.
Ambos cayeron en la trampa, en el hechizo o el embrujo de la risa.Silenciosa,tal vez, porque esa noche no pasaron del mensaje editado, del emoji angelical. Cuando se desconectaron, ambos tenían la certeza de que hacía mucho tiempo nadie les regalaba una risa tan larga. Entonces comprendieron que el amor quizá no empieza cuando alguien te parece perfecto, sino cuando puedes reírte con él de la idea misma del amor.
Al otro día repitieron el ritual. Tal vez fue a la misma hora.O no. Afuera llovía. El viento silbaba como silban los agostos de cometas. Ambos lo esperaban.De a poquitos descubrieron que ambos estaban llenos de frases prudentes: “No busco aventuras”, “Ya no estoy para juegos”, “Valoro la tranquilidad“. Sin embargo, en las conversaciones comenzaron a confesarse las tonterías que nunca le habían contado a nadie: las veces que hablaron solos, las canciones que cantaban desafinados, las caídas más vergonzosas de su vida. Descubrieron que la verdadera confianza no nacía cuando mostraban sus cicatrices – que las tenían por montón- sino cuando se atrevían a reírse de ellas.
Después de semanas escribiéndose por la aplicación, decidieron encontrarse. Él llegó con sus jeans descoloridos y sus tenis de colores. Ella derramó el café sobre el mantel antes de sentarse. Todo pintaba para un desastre hasta que terminaron comiendo empanadas en un parque. Lo curioso fue que ninguno sintió vergüenza. Cada desastre provocaba una carcajada mayor. Mientras veían a las parejas elegantes cenar en silencio, entendieron que ellos habían encontrado algo mucho más raro: alguien con quien el ridículo dejaba de dar miedo.
El recordó una vieja canción de Los Beatles: “No hay nada que puedas hacer que no se pueda hacer. No hay nada que puedas cantar que no se pueda cantar. No hay nada que puedas decir que no puedas aprender a jugar. Es fácil. No hay nada que puedas hacer que no se pueda hacer. No hay nadie que puedas salvar que no se pueda salvar. No hay nada que puedas hacer, pero puedes aprender a ser tú mismo con el tiempo. Es fácil.Todo lo que necesitas es amor”. La acomodó muy a su manera: todo lo que necesitas es humor, porque la risa es otra forma de amor, tal vez su forma más elevada. Cuando el humor acaba el amor termina. Y yo por eso agradezco las risas que me han curado tanto.
Entre ambos descubrieron que la risa es la memoria y que entre más se acordaban, más se reían. De cosas que evocaban y que incluso en su momento pudieron doler, pero que hoy tenían un color distinto. Se reían de cosas que recordaban porque esa risa era despertar de un tibio sueño. Se reían de cosas que desenterraban porque traían del pasado a personas que habían querido o de cosas que les habían ayudado a seguir hacia adelante. El era una especie loco con un palo que iba por la calle silbando una canción y ella una dama racional que apretaba a cada rato la brida para que la emoción no se apurara.
En una conversación de madrugada, él le confesó que las personas más bellas eran las que tenían arrugas alrededor de los ojos. “Son las marcas que deja la risa”, escribió. Ella respondió enviándole una foto sin filtros. Ninguno volvió a esconder su edad. Poco a poco entendieron que hay rostros que envejecen y otros que simplemente acumulan motivos para sonreír. Como ellos.













