Hay una pregunta que se hace todo el mundo en el corrientazo del mediodía y nadie responde del todo bien: ¿por qué sigue subiendo esto si se supone que la inflación está bajando? La respuesta corta es que la inflación que miden los economistas y la que le pega al bolsillo de la gente son, con frecuencia, dos cosas distintas.
En el primer trimestre de 2026, el colombiano de a pie está pagando las consecuencias de una guerra en el Medio Oriente, los zigzags de un conflicto que lleva años drenando el corredor marítimo más estratégico del planeta. El Estrecho de Ormuz, ese cuello de botella por donde pasa el 20% del petróleo mundial, ha sido el escenario de operaciones militares que empujaron el barril Brent a rozar los USD 119 en sus picos más tensos. Y ese número, que suena abstracto pronunciado en inglés en una pantalla de Bloomberg, se materializa en los $375 pesos adicionales que los conductores en Bogotá comenzaron a pagar por galón desde el 1 de abril.
No es solo la gasolina. Es todo lo que depende de ella, que es casi todo.El ACPM, el combustible del camión que trae la papa de Boyacá y la carne del Llano, también subió. En Bogotá el alza fue de hasta $100 pesos por galón, discreta en el papel, no tanto cuando se multiplica por los miles de kilómetros que recorre la cadena de frío del país. El fríjol bolón, que en una sola porción de 250 gramos ya cuesta $3.430, subió un 26,7% frente al año pasado. El plátano, un 35%. La carne de res, casi un 14%. Tres ingredientes del almuerzo más democrático de Colombia, los que sostienen el corrientazo, están carísimos al mismo tiempo.
El mecanismo es menos misterioso de lo que parece. Colombia importa fertilizantes nitrogenados, entre ellos la urea, esencial para el arroz, el maíz y el café. Buena parte de esa urea viene de regiones que hoy están en llamas o muy cerca de estarlo: el Golfo Pérsico, Rusia. El bulto de 40 kilos pasó de $127.000 pesos promedio en 2025 a casi $146.000 en enero de este año. En algunas zonas del campo, con escasez y especulación de por medio, el precio supera los $168.000. Ese costo no lo absorbe el agricultor. Lo traslada. Y termina en la carta del restaurante de barrio.
A eso hay que sumarle el flete. Los costos del transporte marítimo global subieron un 16% al arrancar el año, forzados por la necesidad de desviar barcos de zonas en conflicto y por la congestión que genera esa reconversión de rutas. Las empresas que traen tecnología, ropa y materia prima desde Asia hacia Latinoamérica están pagando fletes que ya no caben en los modelos de negocio que construyeron cuando el mundo era otro. La respuesta silenciosa de muchas de ellas tiene nombre técnico —”shrinkflation”— pero la gente lo nota sin saber cómo se llama: el paquete pesa menos, el producto viene más pequeño, y el precio en la góndola sigue igual o mayor.
El corrientazo en sectores comerciales concurridos de Bogotá o Medellín ya superó los $20.000 y $22.000 en varios establecimientos. No es un lujo, es el almuerzo de quien trabaja. Y el salario mínimo de 2026, fijado en $1.750.905 más el auxilio de transporte, suma $2.000.000 para los trabajadores del sector formal. Las cuentas son apretadas incluso antes de desayunar.
Lo paradójico del momento es que estas mismas tasas de interés que encarecen los créditos de vivienda y los carros, que castigan a quien necesita endeudarse, son al mismo tiempo la mejor oportunidad en años para quien tiene algo de plata quieta. El Banco de la República tiene su tasa de intervención en el 11,25% y los CDTs en algunas entidades digitales están pagando hasta el 13% efectivo anual. Para un ahorro de diez millones de pesos, eso son $1.248.000 en intereses en un año, más de lo que producía cualquier cuenta de ahorros tradicional en tiempos de tasas bajas. El drama y la oportunidad conviven en el mismo tablero.
El Gobierno ha hecho algunos movimientos para amortiguar el golpe. La desindexación de cerca de 100 conceptos —multas, tarifas, sanciones— al salario mínimo busca evitar que esos cobros suban al ritmo del 23,7% que se habría disparado de seguir la fórmula anterior. Medellín abrió bonos alimentarios de hasta $356.800 para más de 16.000 familias vulnerables. Medidas reales pero insuficientes frente a la magnitud de lo que llega desde afuera.
El huevo y el arroz, en cambio, han bajado. El primero un 15%, el segundo un 11%. Pequeños alivios que el mercado ofrece sin anuncio previo, y que permiten reorganizar el gasto semanal del hogar si uno está pendiente de la góndola.
Ese es el panorama. Una economía que crece entre 2,6% y 2,8% este año, más que Europa, menos que India, sostenida principalmente por el consumo privado de gente que sigue gastando aunque le cueste más hacerlo. Una guerra en el Golfo que dicta el precio de llenar el tanque en Villavicencio. Un conflicto en Ucrania que presiona el precio del fríjol en Manizales. Y tasas de interés que, por primera vez en mucho tiempo, compensan al que tiene la disciplina de no gastar lo que no tiene.
La geopolítica nunca había sido tan doméstica.













