En Colombia ya no hace falta una tragedia para separarse. Solo hace falta, por fin, decir la verdad.Hay una escena que se repite en más casas de las que uno imaginaría. Dos personas de más de cincuenta años, sentadas en la misma mesa donde llevan comiendo juntas desde que Pastrana era presidente, y ninguna de las dos sabe muy bien de qué hablar cuando ya no hay un hijo que recoger, un colegio que pagar o una suegra que visitar. El matrimonio sigue de pie. Lo que ya no está es todo lo demás.
A eso, la sociología le puso un nombre bastante aséptico: divorcio gris. Empezó a estudiarse en Estados Unidos hace unos veinte años, cuando alguien se dio cuenta de que la tasa de separaciones entre mayores de cincuenta se había duplicado entre 1990 y 2010. En Colombia el fenómeno llegó con retraso, como suele pasar, pero llegó con una particularidad: desde diciembre de 2024 tiene, además, un empujón legal que antes no existía.
La ley dejó de pedir explicaciones
La Ley 2442 de 2024 metió una causal nueva al Código Civil, la número diez, y esa causal cambia todo el juego: la sola voluntad de uno de los cónyuges ya basta para pedir el divorcio. Nada de probar infidelidad, nada de acreditar dos años de separación de hecho, nada de convencer a un juez de que el otro cometió alguna falta. Uno dice “ya no quiero seguir” y eso, jurídicamente, es suficiente.
Si hay mutuo acuerdo y no hay hijos menores —que es justamente el escenario más frecuente después de los cincuenta— el trámite se resuelve en notaría en cuestión de semanas. Si no hay acuerdo, toca ir donde el juez de familia con una demanda unilateral y una propuesta sobre bienes y alimentos. Lo que viene después es la parte menos romántica de todo esto: liquidar la sociedad conyugal, repartir en partes iguales lo construido durante el matrimonio, dejar a salvo lo que cada uno traía de antes o heredó por su cuenta. El amor se acaba con sentimiento. El patrimonio se acaba con inventario.
Los hijos, esa excusa tan noble
Durante años la fórmula fue siempre la misma: aguantar hasta que los niños crezcan. Después hasta que terminen la universidad. Después hasta que se casen. Y entonces los hijos ya tienen treinta y cinco años, viven en Medellín o en Miami, tienen sus propios hijos, y los papás siguen ahí, esperando una fecha que nunca terminó de llegar.
Lo curioso es que muchas parejas se quedaron juntas para protegerlos y terminaron sacrificando su propia vida por sostener una familia que esos mismos hijos ya habían dejado atrás, sin culpa, simplemente porque así funciona la vida. Y cuando el nido se vacía, en vez de alivio aparece la pregunta más incómoda de todas: y ahora, ¿de qué hablamos nosotros dos?
La jubilación como examen sorpresa
Nadie avisa que la jubilación también es un detector de matrimonios. Durante treinta años la pareja funcionó porque cada uno tenía su vida corriendo en paralelo: la oficina, los viajes de trabajo, las reuniones de colegio, las vacaciones organizadas alrededor de la agenda de otro. Esas ausencias, sin que nadie lo planeara, terminaron sosteniendo la convivencia.
Cuando eso desaparece, quedan dos personas con todo el tiempo del mundo para mirarse de frente. Y algunas descubren que ahí, frente a frente, hace años que no hay nada que decirse.
Lo que cambió no fue el amor, fue el miedo
Hay una transformación que explica buena parte de este fenómeno y tiene nombre propio: la autonomía económica de las mujeres. Antes la pregunta era “¿qué voy a hacer sola?”. Hoy, para muchas, la pregunta se invirtió: “¿por qué voy a seguir acompañada si estoy sola de todos modos?”. Esa diferencia, que parece sutil, cambió la ecuación entera.
Y está también el otro miedo, el que casi nadie dice en voz alta. Después de los cincuenta ya no asusta tanto la idea de quedarse solo. Lo que de verdad inquieta es la posibilidad de descubrir que uno prefiere la soledad a la compañía que tiene.
Separarse de un matrimonio es separarse de una identidad
Divorciarse a los treinta es difícil. Divorciarse a los cincuenta y cinco es, además, desmontar una biografía entera. Uno deja de ser el marido de, la esposa de, el papá de la casa donde siempre se hizo la Navidad. Toca reconstruir quién es uno cuando ya no hay un “nosotros” que lo explique todo. Los amigos, que durante décadas fueron amigos de pareja, también se reparten o se pierden. Y los hijos adultos, contra lo que se cree, no lo llevan tan fácil: cargan con lealtades cruzadas, incomodidades frente a nuevas parejas de sus papás y, a veces, el susto de tener que cuidar solos a uno de los dos.
Ahí aparece la pregunta que de verdad importa, la que resume todo este texto: si a los cincuenta y cinco todavía quedan treinta años de vida por delante, ¿vale la pena vivirlos exactamente como se vivieron los últimos treinta?Nadie tiene la respuesta correcta. Pero por primera vez, hasta la ley colombiana parece dispuesta a dejar que cada quien la conteste sin tener que demostrarle nada a nadie.
¿Conoce a alguien que lleva años posponiendo esa conversación? Compártale este artículo. A veces lo único que falta para tomar una decisión es saber que otros también se están haciendo la misma pregunta.









