Me gusta la palabra cornisa porque siempre estoy al borde, caminando de puntillas, con las uñas arañando el alfeizar. Amanece y afuera llovizna con una timidez que no moja ni refresca. Tomo un café sentado en la orilla de una silla de mi sala y mientras afuera el mundo parece no arrancar, pienso en la luz que pueden irradiar las palabras que yo diga, las cosas que yo haga, los silencios que me habiten. O tal vez, todo lo contrario, porque de pronto, Miguel Mateos tenía razón y es muy fácil romper un corazón y en vez de sol traigan la noche. Sin querer. Sin saber. Sin apenas darme cuenta, lo que no quiere decir que duelan menos.
Mi única forma de avanzar es devolverme para pedir perdón por esas guerras sin sentido, por esas luchas sin cuartel, por el ego y la soberbia que arrasan y devoran, que me arrasan y devoran. Batallas que nunca gané, así me sintiera ganador. Ninguna lágrima es victoria. Ningún dolor causado es un honor. Cada herida que dejé abierta, también se quedó latiendo en mí, como un eco que no encuentra descanso, como una deuda que crece en la sombra. Cuando hice daño, la primera victima fui yo, porque rompí el orden natural y además le di espacio a la culpa que no es más que ese espasmo muscular del alma que no me deja descansar. No sé que fue primero si la culpa o el arrepentimiento.
A veces fui tan ciego y tan soberbio que creí que el otro era el que debía repararse, lamerse sus heridas. Estuve tan roto que no me di cuenta que iba por la vida rompiendo a los demás como si el mundo me debiera. Sutil, suave, sin gritos ni estridencia. Tal vez con mis silencios, tal vez con mi ceguera, tal vez con mi mirar hacia otro lado, tal vez con mi carita buena de un tipo que coge pispirispis en el parque.
Ese café de madrugada me ha hecho ver que la verdadera paz espiritual es cuando logro entender el dolor de los demás. Sus rabias y sus miedos. Sus angustias y sus penas. O mi dolor. Mis rabias y mis miedos, mis angustias y mis penas. Y entonces, en este ejercicio silencioso de mirarme para adentro, siento que algo en mí se aquieta, que algo en mi se sana y que no importa el tamaño de mis rotos sino la calidad de mis remiendos, porque, aunque a veces el perdón, no alcance, los hinduistas y budistas, hombres sabios, se inventaron algo hermoso llamado karma, que no es más que es la posibilidad de resarcirme en otra vida, si en esta no lo logro.
Todo principio es el comienzo de un final. Y por eso el amor no es más que fragmentos de luz buscando otros fragmentos, espejos rotos que al juntarse reflejan algo más hermoso que la perfección de este caos hermoso que llamamos existencia, una alquimia silenciosa que transforma el plomo en oro tibio. Una danza entre herida y sanación en medio de este guayabo cósmico que aprieta el corazón.












