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Bulimia y anorexia a los 50

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Juliana Rodríguez

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BUEN VIVIR

Hay una mujer en Bogotá —ejecutiva, madre de dos hijos universitarios, con una vida que desde afuera parece completamente resuelta— que lleva más de veinte años contando cada caloría que entra a su cuerpo. No lo llama trastorno. Lo llama disciplina.

Y hay un hombre en Medellín —gerente, cincuenta y dos años, separado hace tres— que desde que firmó los papeles del divorcio no ha vuelto a comer con tranquilidad. Come poco, se ejercita mucho, revisa su cuerpo en el espejo con una mezcla de insatisfacción y urgencia que él tampoco tiene nombre para describir. Sus amigos le dicen que está muy bien. Él sabe que algo no está bien, pero no sabe exactamente qué.

Esa confusión —la que vive entre el lenguaje del control y el lenguaje de la enfermedad— es quizás el obstáculo más difícil de desmontar cuando los trastornos alimentarios aparecen o reaparecen en la madurez. Porque a los cincuenta años nadie te mira y piensa en anorexia. Te miran y piensan en dieta, en menopausia, en cuidarse, en reinventarse después del divorcio. El diagnóstico se extravía justo ahí, en ese espacio donde la patología y la virtud se visten igual.

Durante décadas, la imagen pública de los trastornos alimentarios fue casi siempre la misma: una adolescente, blanca, de clase media, que no quería comer. Esa imagen hizo un daño enorme. No solo porque dejó fuera a millones de personas que no encajaban en ese retrato —mujeres adultas, hombres de cualquier edad, personas de todas las complexiones y contextos socioeconómicos— sino porque instaló en el imaginario colectivo la idea de que esto era una cosa de jóvenes. Una fase. Algo que se superaba con el tiempo o con la madurez.

La evidencia epidemiológica lleva años contradiciendo eso con datos que el sistema de salud todavía no termina de procesar. En Colombia, la prevalencia de anorexia nerviosa en mujeres de 38 a 49 años es prácticamente idéntica a la del grupo de máxima vulnerabilidad juvenil. Y en los hombres, aunque los números totales son menores, la curva no desaparece: sencillamente nadie la estaba midiendo con seriedad hasta hace poco, porque nadie estaba haciendo las preguntas correctas.

Lo que sí queda claro cuando se mira con atención es que el trastorno alimentario en la madurez no funciona igual que en la adolescencia. A los dieciséis años, el cuerpo todavía tiene cierta capacidad de absorber el daño durante más tiempo antes de manifestarlo. A los cincuenta, el margen es mucho más estrecho. Y la lógica que sostiene el trastorno —las razones que la persona se da a sí misma para justificarlo— es más sofisticada, más integrada en la identidad, más difícil de tocar desde afuera.¿Por qué a los cincuenta? Esa es quizás la pregunta más importante, y la respuesta no es simple.

Hay una dimensión biológica que en las mujeres es bastante concreta: la transición menopáusica. La caída de estrógenos durante la perimenopausia desregula los sistemas que controlan el hambre y la saciedad, altera los circuitos de serotonina y dopamina que modulan el estado de ánimo y el control de los impulsos, y deja al organismo en una especie de inestabilidad emocional de fondo. En ese terreno, las conductas de restricción o purga aparecen como estrategias para recuperar algo que se siente perdido: la certeza, el control, la capacidad de predecir al menos una cosa.

En los hombres el proceso es más gradual —la caída de testosterona ocurre de manera más progresiva— pero el resultado emocional puede ser parecido: una sensación difusa de que el cuerpo ya no responde como antes, de que algo se está escapando sin que se pueda hacer mucho al respecto.Pero la biología sola no explica todo. Hay algo más grande operando, y tiene que ver con el momento vital.

La mediana edad acumula pérdidas. Pérdida de roles: los hijos que se van, los padres que enferman o mueren, la pareja que se aleja o desaparece. Pérdida de identidad: la persona que durante veinte años se definió por su trabajo, su familia, su lugar en el mundo, de repente tiene que preguntarse quién es cuando todas esas coordenadas se mueven. Y pérdida, también, de una imagen de sí mismo que se construyó en la juventud y que el espejo ya no devuelve exactamente igual.

Ante eso, el cuerpo se convierte en el último territorio disponible. El único lugar donde todavía parece posible ejercer un dominio absoluto y predecible. Si todo lo demás está fuera de control, al menos esto no.Ese mecanismo tiene nombre en la psicología clínica, pero también tiene una cara cultural que conviene nombrar sin rodeos.

Vivimos en sociedades que han construido alrededor del cuerpo delgado un sistema de significados que va mucho más allá de la estética. La delgadez no es solo un ideal visual: es una metáfora moral. Significa disciplina, éxito, voluntad, competencia. El cuerpo que se sale de ese estándar —el que engorda, el que envejece, el que cambia— se lee como un fracaso personal, como una señal de abandono o de debilidad.

Esa presión, que ya era intensa en la juventud, adquiere en la madurez una dimensión específica y particularmente cruel. Porque a los cincuenta el cuerpo hace exactamente lo que tiene que hacer fisiológicamente: el metabolismo se ralentiza, la grasa migra, la masa muscular disminuye, la piel cambia. Son procesos inevitables. Y sin embargo, la cultura —publicidad, redes sociales, revistas, el lenguaje cotidiano con que la gente habla de sí misma— los presenta como algo que debe combatirse, que debe corregirse, que es síntoma de no haberse cuidado lo suficiente.

Para los hombres, esto tiene además una capa adicional. Durante mucho tiempo se asumió que los trastornos alimentarios eran cosa de mujeres, lo que dejó a los hombres que los padecían sin espejo donde reconocerse, sin lenguaje para nombrarlo, sin permiso social para pedir ayuda. Un hombre que restringe la comida compulsivamente o que hace ejercicio hasta el agotamiento suele recibir admiración, no preocupación. “Está muy dedicado.” “Qué disciplina.” El mismo comportamiento que en una mujer joven generaría alarma, en un hombre de cincuenta pasa por virtud.Esa invisibilidad tiene consecuencias clínicas directas: el diagnóstico llega tarde, cuando el daño físico ya es considerable.

Y el daño físico importa nombrarlo, porque en un organismo de cincuenta años es cualitativamente distinto al de uno de veinte. No es solo más grave: es sistémico de una manera que el cuerpo joven puede absorber durante más tiempo antes de manifestar señales claras de colapso.

La restricción prolongada en la madurez afecta la densidad ósea de manera acelerada, deteriora la masa muscular que ya de por sí tiende a reducirse con el envejecimiento, compromete las funciones cognitivas y ejecutivas, y pone una presión enorme sobre un corazón que frecuentemente ya está bajo medicación o que tiene cambios estructurales basales. Las conductas purgativas, por su parte, generan desequilibrios electrolíticos que en un organismo joven son peligrosos y en uno maduro pueden ser directamente letales.

Todo esto ocurre en silencio, porque el sistema de salud no está entrenado para buscarlo. El médico de cabecera atribuye la fatiga a la menopausia o al estrés laboral. La pérdida de peso se celebra, o se atribuye a “cuidarse bien”. Los problemas gastrointestinales se medican sin preguntarle a la persona qué está comiendo o qué está haciendo para no comer. La pregunta sobre la conducta alimentaria, sencillamente, no existe en el protocolo estándar de atención a adultos de mediana edad.

La consecuencia de todo eso es que la mayoría de personas adultas con un trastorno alimentario activo no reciben atención especializada. No porque no existan recursos, sino porque nadie les ha dicho que lo que tienen es una enfermedad. Ellas y ellos mismos con frecuencia no lo saben, o no quieren saberlo, porque reconocerlo implicaría desmantelar algo que siente como el último mecanismo disponible para estar de pie.

Ahí está el nudo verdadero. No en la comida, sino en lo que la comida —o su ausencia— ha llegado a significar. En el hueco que llena, en la sensación de orden que produce, en la forma en que organiza un mundo interno que de otra manera se sentiría inmanejable.

Resolver eso requiere tiempo, requiere un equipo que entienda la especificidad de lo que ocurre en la madurez, y requiere que la persona encuentre un lenguaje para hablar de algo que durante años ha mantenido en silencio, con frecuencia porque el entorno —y el sistema— no le ofreció ninguna puerta por donde entrar.

Lo que piden los especialistas es, en el fondo, algo relativamente simple de enunciar: que los médicos aprendan a hacer la pregunta. Que cuando una mujer de cuarenta y ocho años llegue a consulta con fatiga crónica y pérdida de peso, alguien le pregunte cómo está comiendo y cómo se está sintiendo en su cuerpo. Que cuando un hombre de cincuenta y tres llegue con arritmia y agotamiento muscular, alguien considere que detrás puede haber algo más que el estrés del trabajo.

Mientras esa pregunta no exista, la respuesta tampoco va a aparecer. Y la mujer que lleva veinte años llamando disciplina a lo que es una enfermedad va a seguir sola con eso. Y el hombre que no sabe cómo nombrarlo va a seguir sin nombre para lo que le pasa.

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